martes, 25 de junio de 2013

El modesto genius que es Rap Genius

Plenty of room at the Hotel California
El sitio Rap Genius puede haber nacido como un centro popular de estudio y análisis de letras de hip hop y rap, pero a muy escasos años de su creación parece haber metamorfoseado en una especie de Wikipedia literaria interactiva. No sé hasta qué punto las posteriores incursiones en los campos de la poesía (poetry.rapgenius.com) y el rock (rock.rapgenius.com) representan un experimento cauto o por el contrario son el heraldo de una movida más ambiciosa.

El servicio que provee este sitio es sencillo: permite que los usuarios marquen fragmentos de texto de sus poemas o canciones favoritas e introduzcan un breve comentario explicativo, que puede incluir una interpretación de algún pasaje oscuro, trivia o incluso contenido multimedia. Y los beneficios son evidentes. ¿Quién que pertenezca al mundo hispanoparlante no se ha devanado los sesos en algún punto de su vida ante algún verso particularmente impenetrable de su banda favorita, sólo para renunciar a entender alguna vez una pepa? Es decir que, por ejemplo, si otrora nos preguntamos qué querían decir exactamente los Eagles con el "warm smell of colitas" de aquella primeras líneas de Hotel California, es una buena oportunidad de averiguarlo (y de paso, comprender el resto del soberbio tema, o atisbar la razón por la cual en tiempos pre-internéticos una buena parte de la población tildaba a los músicos de satánicos: tal vez un ejemplo de la deformación que sufren ciertas metáforas relativamente claustrofóbicas cuando deben atravesar barreras culturales).

Pero no todo Rap Genius está dedicado a las sensibilidades líterarias de los ritmos urbanos contemporáneos. Extraoficialmente, y forzando un poco el formato, los usuarios cargan novelas allí donde el sistema espera álbumes, y cuentos en lugar de tracks. Se ven como resultado análisis de textos completos: Carroll -aunque poco anotados, no podían faltar el monumental The Hunting of the Snark y, claro, The Walrus and the Carpenter; se animará alguien a subir los comentarios de Martin Gardner?-, Tolkien, la Biblia, por supuesto Shakespeare, y un largo etc. Hasta aparece por ahí alguna obra de Borges todavía virgen de anotaciones y a la espera de los insights de algún hacendoso.

Pero elijo destacar uno de mis perennes favoritos, el que me acercó al sitio:

"Be that word our sign in parting, bird or fiend!" I shrieked, upstarting--
"Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken!--quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!"
Quoth the Raven "Nevermore."

Pienso que El Cuervo es un poema que se aprecia al recitarlo, o exclamarlo, o gritarlo, cadencia por cadencia, siguiendo la desolación del narrador hasta su eventual aceptación del abismo.


domingo, 12 de mayo de 2013

Bill Bryson y sus breves historias de (casi) todo

Hace unos años andaba en la búsqueda de un libro de nivel general sobre la historia de la ciencia que incluyera algunos de los avances más recientes en cada uno de los campos. No tenía muchos deseos de agregar otro monolito ilegible a mi colección (miro de reojo y con bastante culpa a mi tomo de la Nueva Guía de la Ciencia de Asimov, añejado dos décadas), así que me interesaron particularmente varios testimonios en Internet sobre el libro A Short History of Nearly Everything que -decían los usuarios de Amazon- abarcaba una buena cantidad de temas con un tono más bien light y de lectura muy amena. El factor que terminó por decidirme fue enterarme de que al autor Bill Bryson se lo conoce justamente por cultivar un estilo humorístico, afable y nada académico.

Los usuarios de Amazon no me defraudaron. El libro es una crónica sinuosa y muy narrativa del camino recorrido por la humanidad en su afán por saber "todo"; o al menos ese "todo" que constituye el objeto de estudio de nuestras ciencias. Pero Bryson no es un científico, y no tiene ninguna intención de aburrir. El tono se acerca al de uno de esos amigos que son un libro abierto y que nos cuentan sobre una cantidad de cosas fantásticas que acaban de aprender en un documental.

Bryson se las ingenia para eludir ecuaciones y fórmulas, que sólo se incluyen cuando es estrictamente necesario, o cuando son muy famosas. Su objetivo parece ser más pintar el zeitgeist de los tiempos y sociedades en que los descubrimientos salieron a la luz. Vistas a través de sus ojos, estas mini-revoluciones dejan de ser simples factoids y se transforman en eventos fascinantes que impactan en vidas reales (pero los amantes de la trivia no tienen de qué preocuparse tampoco. El libro está repleto de datos, referencias y apuntes curiosos que por una cuestión de extensión muchas veces sólo merecen una línea).

¡Y qué vidas! Todos esos personajes familiares que hemos ligado al bronce inmutable desde nuestra edad escolar, se hacen de carne y hueso. Sus hazañas parecen aún más formidables porque podemos poner el esfuerzo en contexto; no sólo el social a gran escala, sino el de las típicas debilidades y glorias humanas. Al relevar ambiciones, mezquindades, luchas, pasiones y actos heroicos de desinterés, Bryson nunca abandona el humor ni la fina ironía, aun en aquellos casos donde se adivina implícita su compasión por el destino trágico de muchas de las figuras que contribuyeron a crear nuestro mundo moderno.

La humanización de las criaturas que pueblan los libros de texto es una tarea de consenso esencial, pero que generalmente se acomete con suerte muy dispar. En este punto debería aclarar que el humor y la accesibilidad general con que está escrito el libro no quiere decir que Bryson ha escrito una "historieta de la historia" à la Felipe Pigna. La personalidad del autor desaparece detrás de los hechos que narra. Es como un testigo extrañamente divertido, pero ubicado a la vera del camino. Al fin y al cabo, sus personajes no necesitan adornos dramáticos: ver nomás el caso del tan brillante como increíblemente excéntrico Isaac Newton, cuya obsesión por la experimentación lo llevaba a, por ejemplo, insertarse agujas de costura debajo del globo ocular "para ver qué pasaba" al llegar al fondo de la cuenca; o el de Lord Kelvin, un genio auténtico que entró a la Universidad de Glasgow a la edad de 10 años y vivió para crear centenares de inventos e impulsar innumerables avances que hoy nos hacen la vida más fácil (ej. la heladera); o la triste historia de Lavoisier, que creó el laboratorio más sofisticado del mundo y revolucionó la química sólo para quedar del lado errado de otra revolución, mucho menos benigna; la estatua erigida en su honor cien años más tarde llevaba por error el rostro de otra persona. Si Bryson se molesta con la biografía de un personaje particular, el lector debe esperar dosis similares de carcajadas y perplejidad.

Evaluación general del libro: en lo que hace a los avances científicos en sí mismos, hay bastante de Sagan en esto de aproximarse a los hechos por vía de la maravilla. Bryson no baja el nivel tanto como para que no haya que releer algunos pasajes más complicados, pero va un poco más allá en la búsqueda del entretenimiento puro y la identificación emocional, sobre todo del lector novato que se acerca a sus primeras lecturas científicas. Mi edición en inglés tiene poco más de 500 páginas, que es una extensión suficiente para un pantallazo general. Es justamente lo que estaba buscando. Además de ser altamente recomendable para todo público adolescente-adulto con un mínimo interés en el tema, me deja con la misma pregunta de tantas otras veces: conociendo la pobreza de nuestros contenidos y métodos educativos, ¿por qué no hay más libros como éste en las aulas?


(Nota al pie: no tuve suerte tratando de encontrar la edición en español del libro en nuestro país. Por ahora, la mejor opción parece ser el paperback disponible por 11 dólares en Amazon.com, o monitorear MercadoLibre en caso de que aparezca algún ejemplar).


jueves, 25 de abril de 2013

Oclocracia


Hace más de 80 años, el escritor inglés Aldous Huxley imaginaba Un Mundo Feliz (Brave New World, 1930).

Brave New World
 era una obra de ciencia ficción con una muy ingeniosa vuelta de tuerca sobre las clásicas visiones distópicas. La misma radicaba en que la sociedad del futuro no era dominada por los métodos represivos clásicos, sino por los diametralmente opuestos. En el mundo ficticio de Lenina Crowne (*), el Estado se encargaba de la distribución gratuita de pastillas de hormonas de placer, alentaba la promiscuidad y fomentaba el consumo indiscriminado de objetos e imágenes. Sometidos a una satisfacción constante, los ciudadanos descritos en la novela funcionaban en rutinas prediseñadas, hablaban trivialidades y en general demostraban una individualidad prácticamente nula. Me parece notable que el libro haya sido concebido por Huxley como una parodia de las utopías populares de su época y en especial de las de H.G. Wells. Este último autor había explorado temas similares a los de Un Mundo Feliz en La Máquina del Tiempo (The Time Machine, 1895), con la diferencia de que la apatía eterna de la sociedad hedonista de los Eloi ya había pasado de la mera respuesta a una influencia externa para convertirse en endógena: no era necesario un Estado para oprimir al individuo porque ya no existían individuos, y los Morlocks sólo tenían que atraerlos a sus mataderos subterráneos con sirenas (de la variedad mecánica, no homérica, aunque el efecto buscado fuera el mismo) sin preocuparse por la posibilidad de que entre los Eloi surgiera un solo pensamiento disonante.

((*) Los que recuerden la película El Demoledor (Demolition Man,1993), notarán tal vez las similitudes nada casuales con la sociedad pacífica a la que arriban el policía de Silvester Stallone y el villano de Wesley Snipes. El personaje de Sandra Bullock se llamaba, justamente, Lenina Huxley. Es raro encontrar en el cine ejemplos de este tipo de distopía "del bienestar", pero uno de los más recientes sería la audaz Wall-E (2008))

Cuando se publicó Brave New World todavía no habían eclosionado los totalitarismos más gigantescos y destructivos que conociera la humanidad. De hecho, se dice que Huxley encontró la inspiración para su libro observando simplemente el positivismo consumista que prevalecía en la sociedad norteamericana en las vísperas de la Gran Depresión. Le preocupaba la facilidad con que las comodidades se daban por sentado entre la gente y por cómo esta "subestimada tendencia a la distracción" podía ser aprovechada por gobernantes malintencionados.

En el desarrollo de esta política, sólo se tiene en cuenta de una forma superficial y burda los reales intereses del país, dirigiéndose el objetivo de la conquista al mantenimiento de un poder personal o de grupo, mediante la acción demagógica en sus múltiples formas apelando a emociones irracionales mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, fanatismos y sentimientos internacionalistas exacerbados; el fomento de los miedos e inquietudes irracionales; la creación de deseos injustificados o inalcanzables; etc. para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la oratoria, la retórica y el control de la población. La apropiación de los medios de comunicación y de los medios de educación por parte de dichos sectores de poder son puntos clave para quien busca esta estructura de gobierno, a fin de utilizar la desinformación.
-- De la entrada en Wikipedia para Oclocracia

En 1958, Huxley publicó una secuela (en rigor, una colección de ensayos) a la que tituló Nueva Visita a un Mundo Feliz (Brave New World Revisited). Para entonces, el mundo ya había sufrido la experiencia de los absolutismos a enorme escala: ideologías belicistas como el fascismo y el comunismo se habían consolidado en versiones modernas y eficientemente sanguinarias que en conjunto extinguieron un estimado de más de 100 millones de vidas. No sólo eso: lo perturbador era que los genocidios habían contado con un notable apoyo popular en sus usinas de origen. Con semejante campo experimental a su disposición, Huxley pudo trabajar sobre el alcance de sus pronósticos y determinar hasta qué punto se habían cumplido o fracasado. Lo que descubrió fue que no sólo se había cumplido gran parte de sus predicciones, sino que se seguían cumpliendo y a un paso más acelerado de lo que él mismo había previsto.

En ese ínterin, ya se había publicado también el clásico de George Orwell, 1984 (Nineteen eighty-four, 1949), otra mirada sobre una distopía futurista pero de corte represivo, donde el Partido mantenía un control férreo sobre los canales de comunicación y las vidas de los ciudadanos, y practicaba una distorsión sistemática de la realidad por medio de la repetición constante de contra-valores; el "Ministerio del Amor" era el sitio donde se llevaban a cabo las torturas. El libro alcanzó un éxito tan grande y fue tan difundido que varias referencias se fueron incorporando definitivamente al lenguaje común, como "Orwelliano" y el mismo "Big Brother", que en la novela era el nombre del invisible líder del Partido que lo vigilaba todo. Corroborando tal vez irónicamente los viejos temores de Huxley, el concepto de "Gran Hermano" hoy se transmutó en un divertimento de masas frecuentemente acusado de convertir a los participantes en ratas de laboratorio triviales y cínicas. Y sin coacción mediante: son los mismos partipantes los que marchan gustosos al proceso de desafección con la zanahoria de un premio en metálico o simplemente fama. 

Tanto Huxley como Orwell, desde el carácter divergente de sus ficciones, entendían que la propensión despótica podía ser independiente de nombres, géneros o creencias, pero dependía de un elemento crucial sin el cual ningún totalitarismo podía existir, la no en vano llamada "madre de todas las batallas" entre los paralelos contemporáneos: el control de los canales de información. 

En su propaganda, los dictadores de hoy confían principalmente en la repetición, la supresión y la racionalización: la repetición de las consignas que desean que sean aceptadas como verdades, la supresión de hechos que desean que sean ignorados y el fomento y racionalización de las pasiones que puedan ser utilizadas en interés del Partido o del Estado.
-- Nueva visita a un Mundo Feliz, cap. IV: "La propaganda en una sociedad democrática"

Nuestra ilusión de permanencia nos juega en contra al evaluar la distancia que nos separa de estos y otros tantos abismos. Así vemos lo acontecido hace 60 ó 70 años como perteneciente a otro tiempo y lugar. No sólo eso; tendemos a ver los hechos más traumáticos en un contexto histórico como repentinos, y no como el resultado de procesos graduales, y por ende nos imaginamos capaces de detectar o parar a tiempo algo que en estos días sería "impensable". Esto es, una vez más, una ilusión que queda en evidencia cuando se advierten los signos de estas mismas tendencias latentes en nuestra vida de todos los días, al punto de que parecen esperar sólo la chispa correcta. Por tal caso, tampoco ha variado la situación con respecto a otros temas abordados por el libro, como el de la superpoblación (En este punto el panorama sigue siendo negro: el autor se espanta por el hecho de que entre 1930 y 1960 la población mundial haya aumentado de 2 mil millones a 2,8 mil millones. Cincuenta años más tarde, somos 6 mil millones y no hay ninguna certeza con respecto a una eventual desaceleración).

Pero si es tan fácil hacer futurología (y como se ve, los despotismos siguen prácticamente el mismo libro de texto sin importar la centuria), ¿por qué tropezar una y otra vez con la misma piedra? ¿Dónde están los hombres justos de la famosa cita atribuida apócrifamente a Jefferson? Si los males generados por la humanidad comparten varias características esenciales, también, es mi opinión, lo hacen las potenciales soluciones. Pero me parece evidente que el reconocerlos depende en buena medida de la habilidad que tenga la sociedad en general para distinguir el método bajo la multiplicidad de contenidos que pueden despistar, y así advertir el peligro antes de que tenga oportunidad de manifestarse a sus anchas. Todavía hay que pasar el filtro de las creencias y las ideologías, que siempre juegan un papel ilustre en el ascenso al poder de las organizaciones criminales. Tal es el poder de estos surcos mentales que incluso entre quienes han abrazado alguna visión sectaria en algún punto de sus vidas y hoy la han abandonado o reniegan, parece quedar un residuo que sigue afectando la visión de la realidad más contundente. Por ello considero que la mejor forma de eludir estas trampas es volver a lo básico: olvidarse de escribas, discursos y tomos, dejar de seguir a las mismas voces de siempre, y apelar simplemente a una intención honesta, una mente limpia y crítica, y un fin puro. Sin estas precondiciones, no hay realidad que no pueda ser distorsionada, ni crimen que no pueda ser justificado por los sofistas a sueldo: el dinero le dará forma definitiva a la racionalización del mal, no importa cuán grotesca sea la forma que adopte.

En estos días escucho revuelo ante la noción del "ir por todo" expresada por figuras supuestamente democráticas. Quizás lo que ha cambiado es la candidez con la que se reconoce el fin, pero en rigor toda secta, todo fundamentalismo, toda organización criminal va por todo. Enfrentarse a la irracionalidad violenta es un problema muy distinto al de lidiar con interpretaciones distintas, o visiones en conflicto. Como dijo alguien, una mentira no es una opinión más. En este sentido comparto la perplejidad y la ansiedad de muchos ante este fenómeno, así como la confusión a la hora de pensar en soluciones concretas: ¿cómo se comunica uno con quien carece de códigos universalmente reconocidos como humanos? Más aún, ¿puede alguien pensar realmente que este es un problema político, y no previo?

La única herramienta legítima y efectiva que conozco para desbaratar estas amenazas, como tantas otras, está en la prevención via educación. Y lamento que la palabra evoque los sistemas educativos actuales, disfuncionales y muchas veces contraproducentes, porque está claro que estamos hablando de otra cosa. Ni hablar en nuestro país, donde enfermedades que se creían erradicadas vuelven a instalarse sobre los escombros del sistema: hoy de nuevo tenemos que luchar para que los colegios no inyecten ideología a los niños con métodos que eran siniestros ya hace 7 décadas. Pero diga lo que diga el cuadrito que encabeza este post, lo cierto es que el desarrollo intelectual o el tener un IQ elevado no son obstáculo para la malignidad y, en el peor de los casos, proveen el filo que necesita el cuchillo. Como alternativa, una educación que se enfoque en la relevancia del sentir y el pensar actuando al unísono, que se ocupe más de vaciar (desconstruir) que en llenar, con un foco puesto en el desarrollo de la empatía y el bienestar del conjunto (no declamado sino real), tal vez colabore para desmalezar ese espacio interior que debe estar limpio para dejar lugar a la manifestación de la intención pura. 

Pienso que una educación realmente útil debería partir de asegurar esas bases y de allí ampliarse en dos direcciones: interna y externa. El proceso debería fomentar la formación de individuos que se rijan por principios éticos, individuos incorruptibles no por impostura, sino por comprensión cabal de cómo se sirven las buenas intenciones. Sería difícil entonces que nuestras democracias, tan invocadas de la boca para afuera pero en definitiva débiles y anómicas, degeneren en las pantomimas oclocráticas de las que se ufanan tantos líderes con rasgos psicopáticos. El trabajo externo de esta educación se centraría en la supervivencia, y apuntaría a evitar que este tipo de mentes vuelvan a tener injerencia sobre el destino de millones de vidas.

El trabajo interno, por otro lado, apuntaría a entender cómo y por qué surgen este tipo de mentes, descubriendo tal vez el germen de estas tendencias agazapado dentro de nosotros mismos. Y ahí, como diría Keanu, "Whoa".


sábado, 13 de abril de 2013

Netflixeando: Rogue (2007)

La sección de horror de Netflix sigue siendo a todas luces bastante anémica (*), pero navegar por la categoría de "Añadidas recientemente" depara cada tanto una que otra sorpresita digna de atención. Aunque los criterios de selección de estas adiciones para mí siguen siendo inescrutables, algunas sí parecen seguir ciertos temas o patrones. Por ejemplo, las últimas novedades en el género incluyeron las 3 Wishmaster, las 3 Child's Play, y también apareció una serie de películas sobre cocodrilos gigantes, entre ellas dos secuelas de Lake Placid y la que me ocupa en este post.

(*)  Cuando digo anémica me estoy refiriendo a cantidad, no a calidad. Sabiendo los problemas de Netflix para hacerse con los derechos de películas recientes y mantener al mismo tiempo un balance positivo en los todavía frágiles mercados latinos, me resulta al menos entendible que la calidad del catálogo sea muy heterogénea. Pero el género de horror ofrece otro tipo de oportunidades, que aparentemente hasta ahora Netflix no ha podido o querido aprovechar. No soy el único a quien le gustaría poder disfrutar de una oferta extensa de películas de terror clase B, bodrios por más señas, de esas que existen primordialmente para disfrutar entre amigos o para matar las últimas horas del día. Al saber perdida la competencia por el cine reciente o premium, Netflix podría reorientar sus esfuerzos a convertirse en EL repositorio de cabecera para el fan del horror, o cine clásico de género, ya que me cuesta creer que los derechos de estos films sean demasiado onerosos. Pero la verdad es que ignoro los detalles...

La película en cuestión se llama Rogue, un título tal vez no muy feliz por lo poco descriptivo. Y que me suena de alguna forma como un intento de imitar a Jaws (y la regla no escrita dice que toda película de animal monstruoso que se precie debe tomar algún apunte de Jaws) en eso de aludir en forma lírica o indirecta a la bestezuela de marras. Esta es una práctica que normalmente se pierde por completo en la traducción a nuestro idioma, viendo que Jaws se transformó en la muy obvia Tiburón, la mencionada Lake Placid se llamó simplemente El Cocodrilo, y así. Aunque quizás sea mejor que nuestros tituladores se aferren a la literalidad. The Ghost and the Darkness (1996), aquella de los leones asesinos con Val Kilmer y Michael Douglas, ligó el cuestionable nombre de Garras (!!)

Es posible que Lake Placid sea en buena medida la responsable (o culpable) de la resurrección del subgénero de cocodrilos gigantes en el cine del nuevo milenio. Apostando al humor muy tongue in cheek, logró algo similar en el género a lo que Scream había hecho pocos años antes con los thrillers de asesinos seriales. No era una gran película ni mucho menos, pero le sobraba audacia para meter a Bridget Fonda, Brendan Gleeson, Bill Pullman y Oliver Platt en una recreación-parodia directa y honesta de las viejas películas de monstruos, y un guión igualmente desvergonzado y repleto de humor negro. Esta combinación parece haber sido suficiente para ganarle una buena cantidad de seguidores. En lo personal, Lake Placid me resultó entretenida, que es mucho más de lo que puedo decir de algunas películas posteriores que trataron de seguir el mismo camino; por ejemplo la demasiado aburrida Eight Legged Freaks (2002) o las abominables secuelas/reinventos de Piraña. La línea entre el homenaje retro y el bodrio que confunde autorreferencia con inteligencia es aparentemente muy delgada, ni hablar cuando se intenta hacer una comedia de horror.

Greg McLean, director de Rogue
Rogue (término inglés que en el contexto del reino animal se aplica a los ejemplares salvajes, descontrolados y solitarios) aparece en Netflix con el nombre Terror bajo el agua. (¡Hablando de títulos poco inspirados!). Pero la película se distingue de sus parientes cinematográficos en un par de rubros. Nada más empezar, con la llegada del protagonista a un bar remoto del outback australiano, impactan la calidad de la fotografía, lo económico de los diálogos, la naturaleza ominoso-melancólica de la muy buena música, y el filoso lenguaje visual. Al buscar datos del director descubrí que se trataba de un tal Greg McLean, quien había dirigido previamente Wolf Creek (2007). Esta había sido una película típica en el género de los hillbillies asesinos -que incluye clásicos como Deliverance (1972), también en Netflix, y The Texas Chainsaw Massacre (1974) - pero que aún sin apartarse de las convenciones lograba crear una atmósfera de tensión muy interesante que le daba una personalidad propia.

Más animado entonces por este buen comienzo, me preparé a recibir aún más sorpresas. Fue una espera vana. Lo que fundamentalmente hace agua (ja!) es el guión, que de tan rutinario me imagino que en Hollywood debe existir en forma de sello, o de formulario. Un grupo de ............ (turistas) queda atrapado en un ............. (islote en medio de un río), donde son acechados por un ......... (cocodrilo gigante) que va .............. (devorándolos) uno a uno. Lo que nos queda por evaluar entonces es la ejecución de este concepto. No querría ser demasiado injusto, ya que no espero que a esta altura se pueda innovar demasiado; es simplemente que hay veces en las que una película logra hacer click a pesar de cargar con un tema trilladísimo. Rogue no lo consigue, aunque queda cerca.

La caracterización de los personajes/víctimas potenciales podría haber sido mucho peor. Los estereotipos esperables en este tipo de film reciben aquí pequeños detalles de atención y diálogos mayormente naturalistas que contribuyen a su humanización. Pero la acción que afecta a estos personajes es fórmula, fórmula. Consideremos el interés romántico del reportero protagonista, la muy bonita australiana Radha Mitchell. Radha es la guía del tour y capitana de la barca que llevará a los turistas por un río apartado donde eventualmente se toparán con el super-croc. El personaje está bien delineado, con varias facetas que la muestran como una mujer con la firmeza necesaria para manejar situaciones de tensión, sin llegar a ser una heroína de videojuego. Pero si la caracterización supera la media de la industria, el guión termina tratándola como a cualquier otro interés romántico. Algo parecido sucede con el resto de los pasajeros; todo rasgo que podría haberse desarrollado en algo interesante termina siendo ignorado o descartado, ya sea por intervención reptiliana o por simple pereza argumental.

Radha Mitchell en Rogue
La caracterización del cocodrilo no tiene tanta suerte. Rogue parece haber tomado nota de Ridley Scott y el mismo Spielberg en lo que hace a la política de exposición del monstruo, ya que durante los dos primeros tercios de la película del cocodrilo apenas se ve una escama. Claro, a Spielberg o Scott esto les permitía generar un suspenso y aprensión crecientes; en manos de McLean el artilugio es tan obvio que resulta irritante, cuando no ridículo. Es que para ajustarse al requerimiento de no mostrar la cara, el croc (que tiene las dimensiones de un ómnibus diferencial y pesa claramente unas cuantas toneladas) entra y sale de escena con la velocidad y el sigilo de un ninja. La parquedad se trata evidentemente de una decisión deliberada y no de un tema de presupuesto, ya que el tercer acto revela un CGI muy decente, y es -a diferencia de la mayoría de los casos en el género- cuando la película alcanza mayor vigor y tensión genuina.

Rogue puede ser una de las mejores películas de cocodrilos que he visto hasta el momento, pero no es difícil adivinar que eso no es decir mucho. Tiene a su favor que se toma completamente en serio y no es completamente risible. Recibe un score de 6/10, principalmente por la música, la fotografía, la ambientación y el segmento final, que se reserva algunas emociones.


jueves, 3 de enero de 2013

Recuerdo de Ray Bradbury (1920-2012)


Ray Bradbury falleció a mediados del año pasado, a los 91 años de edad. El sitio OpenCulture lo recordó en un post afirmando que "Bradbury now joins Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, and Philip K. Dick in the pantheon of science fiction."

Aunque en ese panteón la compañía sea más que distinguida, pienso que el escritor se sentiría algo fuera de lugar y lo tomaría como un puesto sólo honorario. 

Bradbury fue un autor esencial en mi juventud temprana y hace mucho que no lo leo. Últimamente, sin embargo, lo tengo muy presente. Lo suelo usar como botón de muestra para ilustrar algo que en rigor no necesita mucha ilustración: la desintegración en general de la calidad educativa en las escuelas en favor de, a mi entender, la homogeneización, la condescendencia y -sobre todo- la subestimación del niño. La anécdota puntual es que puedo comparar los libros que Santi recibió en 5to grado con los que yo mismo tuve 30 años atrás, en el mismo establecimiento, y evaluar el progreso (o no) específicamente en el campo del estímulo de las habilidades esenciales de la lectura y la producción escrita entre los niños.

El contraste viene así: hoy Santi y sus compañeros tienen como única asignatura en estas áreas el leer un librito titulado "Manuel Belgrano hace bandera y le sale de primera", de Adela Basch, autora al parecer difundida entre los colegios primarios y responsable de otros títulos como "Contemos uno, dos y tres y vayamos a 1810!" y "Las empanadas criollas son una joya". El libro está escrito en forma de obra de teatro en versos rimados, con font de 50pt. y por la longitud parece más un suplemento de alguna revista (todo esto no busca ser, desde luego, una crítica a la autora, ya que todo libro tiene su lugar). En este quinto grado de mentes suficientemente activas y diestras en el manejo de smartphones, perfiles de Facebook y videos en Youtube, la lectura del librito en cuestión es supuestamente obligatoria, pero durante las vacaciones de invierno, y el cumplimiento no será monitoreado ni se harán muchas actividades en clase sobre el tema. 

Hace casi exactamente 30 años (esa época de los dibujitos a la hora de la leche, cuando Mafalda jugaba a los vaqueros con Felipe en el parque y las tardes eran todas hojas en blanco para llenar de historias), me hallaba yo sentado en un banco del mismo colegio, tal vez en el mismo lugar de Santi, y fui testigo de un pequeño milagro. Aunque ya por disposición académica teníamos establecido un mini "círculo de lectores" en el aula donde circulaban Verne, Salgari, Melville, etc - con éxito dispar entre los alumnos, es menester decirlo, pero al menos todos tenían la oportunidad de asomarse al mundo de la literatura juvenil -, uno de nuestros maestros, tal vez más inteligente, perspicaz, o simplemente más valiente, decidió ir un paso más allá y comenzar a usar una de las horas de clase para leernos un libro. Este libro era Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, y el primer relato era "El verano del cohete". Recuerdo perfectamente el día, el sol entrando por la ventana, su figura en el escritorio. Los alumnos teníamos libertad para dibujar, mirar por la ventana o simplemente no hacer nada mientras escuchábamos la cadencia de la voz del profesor que desgranaba una trama simple, pero en lenguaje adulto; con expresiones enredadas, repeticiones (luego las llamaríamos aliteraciones) y algunas palabras muy curiosas. Todos habíamos comprado el libro en distintas ediciones y podíamos seguir la narración en nuestras propias copias (la tapa de la mía, de la editorial Minotauro, me resultaba algo perturbadora). 


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Mi edición de la vieja editorial Minotauro,
ilustrada -si no me equivoco- por el famoso Carlos Nine.

Desde ya que el libro no fue un éxito con todos los alumnos, pero las obras e ideas importantes rara vez tienen la intención de apelar a las masas: basta que llamen a los suyos casi en silencio, en el momento indicado, y operen la transformación. Así fue que plantada la semilla los más audaces nos aventuramos más allá del cuento requerido, aprovechando esas tardes fértiles para la exploración. "Leíste este?" "Ese también está bueno" "No entendí nada de este otro" El resto del libro era, sí, muy extraño; pero esos pocos audaces privilegiados ya habíamos pasado un umbral. Tal vez haya aquí un factor que explique más que una mera coincidencia. Leí por ahí que Bradbury señalaba a su infancia entre los 10 y los 12 años en Illinois como el periodo donde el mundo había cobrado una cualidad mágica y donde él comenzó a labrar sueños. Esto lo entiendo perfectamente, y creo que a través de sus relatos establecimos una conexión en la misma frecuencia.

Bradbury desconfiaba del rótulo de ciencia ficción, y en verdad sigue siendo inapropiado. Sus historias podían ambientarse en el entorno más trivial, pero casi siempre tenían una vuelta de tuerca fantástica. Cuando realmente escribía ciencia ficción, lo hacía de un modo totalmente distinto al de los pesos pesados de los años dorados del género con los que se lo asocia comúnmente. Era, como han dicho varios, el escritor de ciencia ficción para quienes no les gusta la ciencia ficción. No se molestaba con los detalles duros y creo que buena parte de su accesibilidad se basaba en que constantemente abstraía toda complejidad que pudiera distraer del primer plano en el que situaba a sus personajes y su historia; a diferencia por ejemplo de Clarke, quien dejaba que la maravilla se expresase en los intersticios de los átomos, en las distancias galácticas inconmensurables, o en la pasmosa grandiosidad de sistemas y situaciones frente a las cuales sus personajes sólo podían mantener una ilusión de control. Clarke desnudaba nuestra insignificancia frente al universo; Bradbury se zambullía en el espacio interpersonal. La ciencia, la tecnología, los mundos lejanos, las leyes físicas, no eran más que la utilería y los lienzos donde Bradbury pintaba aquello que quería señalar sobre la condición humana. 


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Una idea de cómo me sentía al leer la ciencia ficción de Ray.

Pero tal vez la característica y distinción más marcada es que cuando uno leía sus cuentos, el efecto perduraba. La sensación era de haber leído un tipo de poesía, alentadora, siniestra, tal vez cómica. Los efectos emocionales eran también similares. Su estilo era simple, más incluso que el de Asimov, y con tendencias líricas mucho más marcadas. Ese manejo estilístico le permitía salvar con elegancia las brechas de verosimilitud que requiere toda historia de ciencia ficción o fantasía, y así triunfaba allí a veces sobre Asimov, quien confiaba más en construir plausibilidad mediante la exposición minuciosa. Los cuentos de Bradbury siempre parecían apuntar a algo más, a una realidad de naturaleza onírica subyacente a la convencional que experimentamos a diario. Es posible que este sea el efecto más perdurable que me produjeron sus lecturas.

Varios amigos nos convertimos en fans, y con el tiempo leímos distintos libros. Aparte del célebre Fahrenheit 451 (1953) puedo recomendar dos de sus recopilaciones de cuentos: El País de Octubre (The October Country, 1955), lleno de relatos sombríos (recuerdo que me daba bastante miedo) y mi favorito al día de hoy: El Hombre Ilustrado (The Illustrated Man, 1951). 

De este último extraigo el que siempre fue MI cuento preferido (por algún motivo que no he podido discernir): Calidoscopio. Es un cuento corto, pero tiene muchas de las marcas del escritor. El final me parece muy apropiado para cerrar este recuerdo personal, y es a la vez una bella metáfora del paso de Ray por mi mundo hace unos cuantos años. Un paso corto, pero significativo, y en el momento preciso.

(Encontré el cuento en algún lugar de la web. Créditos al traductor español, de quien no tengo datos.)



miércoles, 2 de enero de 2013

Google Zeitgeist

Un nuevo año, un nuevo uso creativo para el motor de Google Maps, que a esta altura calculo debería tener estatus de patrimonio de la humanidad (junto con Youtube).

Esta vez se trata de recolectar resoluciones de año nuevo de todo el mundo. Las categorías incluyen salud (por ahora lleva la delantera en cantidad, parece), trabajo, educación, familia, amor, etc. Las resoluciones van cayendo sobre el mapa a un ritmo apto para lectura y se puede traducir al idioma que se desee.

Google Zeitgeist 2012

Se trata de un entretenimiento efímero pero también va acompañado de un video que incluye algunos de los eventos y personajes del año. Tal vez alguno se emocione, o tal vez soy sólo yo, pero es que los montajes con música de fondo generalmente me pueden.



Feliz comienzo del 2013.

martes, 11 de diciembre de 2012

El sueño de vivir afuera




Después de unos días pasados al pie de una sierra en una localidad del interior, me encuentro tratando de demorar lo más posible mi asimilación a la ciudad. En realidad, las cosas ya comenzaron a tomar el cariz habitual en el viaje de vuelta, a la altura de Luján, cuando en la autopista nos empezaron a cerrar, apurar y apretar los clásicos autos de alta gama (y no tanto) que te sugieren rendir debidos honores a su demostración de fuerza (y, uno supone por extensión, virilidad) o aceptar la alternativa concreta de la muerte para vos y tu familia, a escasísimos centímetros de distancia para una velocidad donde no hay tiempo de reacción que compense un eventual descuido o una breve vacilación. Subir a la autopista fue algo más que aprovechar una vía conveniente; fue también cruzar una barrera invisible donde dejamos definitivamente atrás algunas conquistas humanas que de ese punto en adelante iban a ser la excepción. No fue la primera vez que tratamos de no dejarnos abatir y de no preguntarnos a qué estábamos volviendo exactamente.

Ya a salvo en nuestro departamento porteño, leo con interés una nota en la edición digital de la revista Brando titulada "El sueño de vivir afuera de la ciudad". El autor, identificado sólo como "Cicco" (no soy lector de Brando sino que llegué siguiendo links) realiza una bonita pintura de las razones que lo llevaron un día a colgar todo y radicarse en Lobos. Hablo de pintura porque es una descripción casi cromática, que se remonta a los dibujos de su niñez para encontrar el germen de una insatisfacción que lo persiguió hasta bien entrada su vida de adulto y finalmente lo impulsó a renunciar a la ciudad, sus ventajas y sus muchos problemas.

La palabra renuncia es importante porque tiene que ver con varias cosas más que la renuncia a la oferta gastronómica, el teatro, las calles pavimentadas o los cajeros a mano. Si algo me queda después de leer el artículo de Cicco (que incluye testimonios de otras personas que decidieron cambiar su vida urbana y des-humanizada por ritmos más lentos) es que la renuncia es fundamentalmente interna y que surge habitualmente tras una mini-crisis. La crisis, eso sí, sacude tanto la estantería que se viene abajo todo, hasta las vendas; lo siguiente es preguntarse el sentido de varias cosas. La respuesta natural no tarda en llegar.

El que vive dentro de las grandes urbes, sometido a horarios de oficina, tiene sueños de preso con cadena perpetua. Quiere una tele más grande. Un sillón más cómodo. Una banda más ancha. La energía puesta en hacer más cómoda su estadía en la celda.

No casualmente dejé afuera del título de este post la última parte del título de la nota, que reza "El sueño de vivir afuera de la ciudad". En su artículo Cicco usa la dicotomía "afuera" y "adentro" en varios sentidos distintos: desde el que translitera los términos anglo in y out que son veredicto típico en los mandatos de la moda o demás círculos donde impera la frivolidad, a la acepción literal que enfrenta la vida de encierro con la opción verde. El sueño de vivir afuera, entonces, se refiere a algo más que vivir afuera de la ciudad. Es un sueño porque pocas veces se concreta, a pesar de que se anhela en el lenguaje de todos los días y tendemos a usarlo como parámetro para definir la vida que nos gustaría llevar, pese a que no hacemos nada por alcanzarla, o al menos arrimarnos un poquito.



Via  |  ConexionBrando.com