jueves, 12 de septiembre de 2013

El hombre que cambió un clip de oficina por una casa


¿Cuánto por un clip?
¿Se acuerdan de cuando hace unos años nos quedamos pasmados con el caso de Alex Tew? Alex Tew, ese chico inglés de de 21 años que para pagarse sus estudios elaboró un plan muy simple: vender pixeles de su sitio web a agencias de publicidad, a USD 1 el pixel. Terminó reuniendo más de un millón de dólares.

El éxito increíble del emprendimiento (el resultado final puede verse aquí) le abrió los ojos a muchos con respecto al poder de Internet y, sobre todo, para mí, al de la ingenuity (*)

Me gustan particularmente las historias en las que una idea sencilla y de bajo costo -básicamente al alcance de todos- termina con éxito. Es el caso de Kyle MacDonald, un bloguero canadiense que un día decidió empezar un juego con una inversión muy baja - un simple clip de oficina - y ver si podía iniciar una serie de canjes que terminaran convirtiéndolo en dueño de una casa. O una isla. O una isla con una casa, como explica en su sitio www.oneredpaperclip.com:

El 12 de julio de 2005 publiqué una foto de un clip rojo en mi blog y en la sección de canjes de Craigslist, preguntando si alguien quería cambiármelo por algo más grande o mejor. Unos días más tarde intercambié el clip por una lapicera con forma de pez. Después cambié la lapicera por la perilla de una puerta. Y así seguí, canjeando cada objeto por algo más grande o mejor. Tras 14 canjes, había obtenido una casa ubicada en 503 Main Street, en Kipling Saskatchewan.

Uno de los bonus que Kyle ofrecía a quienes aceptaran las condiciones del canje era que él personalmente acudiría a efectivizarlo, allí donde vivieran los interesados. Y eso hizo, a veces en su van acompañado por su familia entera, como describe en su blog: http://oneredpaperclip.blogspot.com.ar/. Recomiendo leerlo y navegar la historia de cada canje: esta fantástica aventura está narrada con mucho humor (por supuesto!) y documentado con fotos. Nada más con ver las fotos alcanza para darse una idea, pero la narrativa y los datos de cómo el juego fue creciendo y ganándole fans son impagables.

Los canjes incluyeron generadores eléctricos, barriles de cerveza, camionetas, viajes en avión y ¡una tarde con Alice Cooper! Siendo Internet lo que es, la noticia del experimento de Kyle corrió como pólvora y le trajo cada vez más exposición y fama. Con el éxito final, recibió las llaves de la ciudad, visitó programas de TV en Japón, escribió un libro. Y por supuesto, está la casa. Hoy trabaja como motivational speaker (claro!).

No me extraña que algunos de los comentaristas del blog pregunten por el destino final del clip rojo. ¿Tal vez querrían usarlo como fetiche de buena suerte, una pata de conejo de la era digital? Más interesante me parece la idea de mantener el clip andando por el mundo, sin que nadie lo posea nunca; que circule y empiece nuevas cadenas de canjes allí donde caiga.

Una idea trivial, casi un juego de niños, que lleva a resultados increíbles y concretos, más allá de la obvia ayuda de los medios que difundieron el proyecto. Maravilloso en sí mismo, aunque claro, no habría bastado con el clip, ni siquiera con la idea. Toda la cadena de canjes tuvo que estar lubricada con una buena onda a toda prueba de parte de todos los involucrados. De hecho, muchos de los canjes de Kyle parecieron ir en su detrimento, y beneficiar a su contraparte. Por eso la historia deja un sabor tan dulce. No sería la primera vez que un juego de niños saca lo mejor de los adultos.

CIMG6298.JPG
Kyle MacDonald (derecha) aceptando un globo de vidrio de KISS a cambio de una tarde con Alice Cooper
(una movida que mortificó a muchos fans que temieron por su sanidad mental)

(*) La palabra inglesa ingenuity (ingenio, inventiva, asociada con creatividad y espontaneidad) es un falso cognado; es decir, una palabra que se asemeja a otra de nuestro idioma, pero con la cual no guarda relación. En este caso, la palabra sería ingenuidad. Me tomo la licencia de incorporar ambos sentidos al término pues me parece a mí que la idea de MacDonald tiene mucho de ingenio y de ingenuidad sana.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Grandes momentos del cine: Henry V



"We few, we happy few, we band of brothers;
For he to-day that sheds his blood with me / Shall be my brother"
Henry V, Acto IV Escena 3

Kenneth Branagh tenía 28 años cuando saltó a un merecido estrellato tras dirigir y protagonizar su versión de Enrique V. Esta producción de 1989 contó con una puesta en escena fastuosa y un guión muy fiel al drama de Shakespeare; encantó a la crítica especializada, y le hizo frente a la hasta entonces indisputada versión de Laurence Olivier.

Mi opinión general es mixta. La película es a veces inaccesible (los diálogos son los originales shakespereanos), y a veces algo lenta, pero su ingreso en el panteón de los clásicos se justifica gracias a dos escenas específicas que cubren el evento central de la obra: la batalla de Agincourt.

Parte del conflicto conocido como la Guerra de los Cien Años, la contienda de Agincourt representó el primer gran choque de las tropas invasoras de Enrique V con los soldados franceses. La proporción de fuerzas favorecía abrumadoramente a los locales; sin embargo, al final del día los ingleses contaban apenas un par de cientos de almas menos, mientras que los franceses lamentaban la pérdida de una cantidad estimada de entre 7000 y 10000 hombres. Semejante desenlace no podía más que avivar la idea de que efectivamente Dios, ese día, había luchado del lado de los bretones.

Henry V tenía la misma edad que Branagh en el momento de la batalla. Tal vez eso influyó en la sanguínea interpretación del actor, que compone un Henry crudo, emocional, rebosante, que parece haber nacido hablando el inglés florido de Shakespeare. La fantástica escena del discurso previo es una excelente muestra de una arenga de las que a uno prácticamente lo mueven a buscar un casco y una espada y enrolarse inmediatamente.

El discurso recorre los lugares comunes del nacionalismo y la gloria, pero también pone un peso muy especial en los lazos de camaradería y la hermandad de por vida que subsistirá entre aquellos que sobrevivan a la matanza. Esta apelación al compañero de armas-hermano tuvo un gran eco contemporáneo en la laureada miniserie Band of Brothers, sobre todo en la entrevista final con algunos de los sobrevivientes auténticos de la WWII que recitan la famosa frase que encabeza este post.

Atención a un muy joven Christian Bale entre los soldados que escuchan la arenga del Rey.


La segunda escena que destaco no le va a la zaga a la anterior en emoción y grandiosidad. Terminado el combate y hecho el recuento de los caídos, Enrique ordena cantar el Non Nobis(*) y atraviesa el lodo del campo de batalla cargando con el cuerpo del personaje de Christian Bale, que ha resultado ser uno de los muertos del lado inglés. Son cinco minutos precisamente coreografiados en una sola toma y sin una sola palabra más que las el crescendo del coro, pero las imágenes lo dicen todo. El contraste entre la jovialidad de la encendida arenga previa y el saldo horrendo del conflicto no se le escapa al espectador ni al Rey de Inglaterra, según deja traslucir la gran actuación de Branagh.  


Dos escenas brillantes que personalmente me recuerdan el poder del buen cine.

(*) Non nobis, Domine, non nobis Domine, sed nomine tuo da gloriam! (No es nuestra la gloria, Señor, sino que es en tu nombre)

martes, 10 de septiembre de 2013

Teseractia




He recibido un par de preguntas por el nombre del blog, así que me pareció pertinente aclararlas precisamente por esta vía.

El nombre Teseractia se me ocurrió cuando buscaba una palabra que evocara dos cosas básicas.

La primera era multiplicidad. Mi idea era darle al blog un cariz muy personal y también variado: mi cajón de cachivaches donde pudiera tirar o registrar todo aquello que me llamara la atención o que simplemente me motivara a escribir. Es decir que no apuntaba a ningún tema específico, sino que a todos a la vez. Para ello le pedí prestado a la biología el muy práctico sufijo "-ia", asegurándome entonces el contar con una población-genus de sujetos y objetos que serían definidos por la primera parte del nombre.

¿Cuál es entonces la característica de los miembros de este genus? El segundo aspecto buscado tenía que evocar maravilla, de esa variedad pura que sentimos rara vez, pero que tal vez nos marca para siempre. Para ello me pareció adecuado utilizar la idea de un teseracto, una intersección de trivialidades y experiencias que en conjunto pueden producir algo más formidable que la suma de las partes. Normalmente, mis intereses tienen una cualidad caleidoscópica que me llevan en un viaje multidisciplinario. Ningún factoide, por más pequeño que sea, es inocente a priori, y cualquiera puede disparar una búsqueda que con suma facilidad pase -y suele pasar- al terreno de lo metafísico. Tal vez esto más que cualquier otro factor delate la naturaleza real del combustible que yo defino vagamente como "interés".

Pero me parece bien insertar la digresión aquí. Un teseracto es una forma particular de un hipercubo, que a su vez es la figura geométrica n-dimensional equivalente y análoga al cuadrado o al cubo. El teseracto es un hipercubo de 4 dimensiones.

Ahora, no voy a presumir de imaginar cómo luce un hipercubo, mucho menos dibujarlo. Como mucho podría describir sus propiedades, las mismas que cumplen sus hermanos de menos dimensiones: simetría, ángulos rectos, etc. Así como el cuadrado (2D) está limitado por líneas/lados unidimensionales, y el cubo (3D) está limitado por caras bidimensionales, cada "cara" del teseracto (4D) es un hiperplano tridimensional, también llamado célula cúbica.

Al buscar una imagen que me ayude a representarme un cubo limitado por cubos, un cubo de cubos, recurro con desesperación al cubo de Rubik. Es todo inútil, por supuesto. El cubo de Rubik sigue siendo un objeto tridimensional y aprehensible por nuestra mente. No así el teseracto. Para desalentar más experimentos fútiles, basta con que tratemos de imaginar un vértice en el cual convergen cuatro líneas, todas perpendiculares entre sí. Sencillamente, nos falta una dimensión entera.

Lo mejor que tenemos a mano para ver qué pinta tiene un teseracto son las proyecciones a nuestra realidad manejable. Es lo que hacemos cuando queremos ver un cubo en nuestra pantalla 2D:

Esta proyección nos permite ver un cubo tridimensional girando

Para "ver" un teseracto, tenemos que proyectar en 2D una proyección en 3D de un objeto tetradimensional. Queda algo como esto:

Un teseracto rotando
Y aquí es donde entra en juego esa segunda razón para el título del blog. No podemos entender ni visualizar un teseracto a menos que lo "bajemos" a algo manejable, en este caso, nuestra realidad tridimensional. Pero eso no quiere decir que no exista en algún mundo que no podemos percibir, más allá de su existencia como cosa matemática.

En 1930, un maestro de escuela llamado Edwin Abbott Abbott escribió la novela Flatland. La historia describía un mundo de dos dimensiones donde vivían varias criaturas poligonales. Un día, a un Cuadrado se le aparece de pronto una Esfera, que viene de un mundo superior y tridimensional: Spaceland! Maravillado, el Cuadrado "contactado" intenta difundir la noticia entre su sociedad, con bastante mala suerte: no sólo Spaceland es absolutamente invisible para los ciudadanos de Flatland, sino que la misma Esfera sólo puede verse y percibirse como una proyección bidimensional en el mundo de los polígonos; es decir un círculo. La historia no termina bien para el Cuadrado, quien finalmente es apresado por la herejía de predicar la existencia de una realidad alternativa inverificable por los medios convencionales.

Me preocupo por que mi crítica al cientificismo sea moderada y lo menos acusadora posible, sobre todo cuando vengo de él. Cuando elijo nombrar a mi modesto blog personal (este modestísimo y tan poco actualizado blog personal) Teseractia hago alusión a mi realidad y a una comprensión definida en un momento de vida. Todo aquello que etiquetamos como concreto puede ser sólo una proyección de una realidad más acabada. Algunos, como el Cuadrado de Flatland, dicen que han llegado a percibir un Spaceland distinto. Me encapricha también soñar con que los fenómenos inexplicables de nuestro mundo, desde experiencias paranormales hasta el entanglement cuántico, son proyecciones imperfectas de fenómenos y entidades que guardan perfecta lógica en realidades multidimensionales.

No aspiro a explorar tanto. Por ahora, me conformo con coleccionar anécdotas, curiosidades y experiencias que tal vez algún día lleguen a conformar un todo más coherente. O tal vez simplemente entretengan, o difundan otras realidades también bien tridimensionales, y ya cumplieron su misión. La razón final y fundamental para la elección del título es que me gustaba como sonaba.

martes, 25 de junio de 2013

El modesto genius que es Rap Genius

Plenty of room at the Hotel California
El sitio Rap Genius puede haber nacido como un centro popular de estudio y análisis de letras de hip hop y rap, pero a muy escasos años de su creación parece haber metamorfoseado en una especie de Wikipedia literaria interactiva. No sé hasta qué punto las posteriores incursiones en los campos de la poesía (poetry.rapgenius.com) y el rock (rock.rapgenius.com) representan un experimento cauto o por el contrario son el heraldo de una movida más ambiciosa.

El servicio que provee este sitio es sencillo: permite que los usuarios marquen fragmentos de texto de sus poemas o canciones favoritas e introduzcan un breve comentario explicativo, que puede incluir una interpretación de algún pasaje oscuro, trivia o incluso contenido multimedia. Y los beneficios son evidentes. ¿Quién que pertenezca al mundo hispanoparlante no se ha devanado los sesos en algún punto de su vida ante algún verso particularmente impenetrable de su banda favorita, sólo para renunciar a entender alguna vez una pepa? Es decir que, por ejemplo, si otrora nos preguntamos qué querían decir exactamente los Eagles con el "warm smell of colitas" de aquella primeras líneas de Hotel California, es una buena oportunidad de averiguarlo (y de paso, comprender el resto del soberbio tema, o atisbar la razón por la cual en tiempos pre-internéticos una buena parte de la población tildaba a los músicos de satánicos: tal vez un ejemplo de la deformación que sufren ciertas metáforas relativamente claustrofóbicas cuando deben atravesar barreras culturales).

Pero no todo Rap Genius está dedicado a las sensibilidades líterarias de los ritmos urbanos contemporáneos. Extraoficialmente, y forzando un poco el formato, los usuarios cargan novelas allí donde el sistema espera álbumes, y cuentos en lugar de tracks. Se ven como resultado análisis de textos completos: Carroll -aunque poco anotados, no podían faltar el monumental The Hunting of the Snark y, claro, The Walrus and the Carpenter; se animará alguien a subir los comentarios de Martin Gardner?-, Tolkien, la Biblia, por supuesto Shakespeare, y un largo etc. Hasta aparece por ahí alguna obra de Borges todavía virgen de anotaciones y a la espera de los insights de algún hacendoso.

Pero elijo destacar uno de mis perennes favoritos, el que me acercó al sitio:

"Be that word our sign in parting, bird or fiend!" I shrieked, upstarting--
"Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken!--quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!"
Quoth the Raven "Nevermore."

Pienso que El Cuervo es un poema que se aprecia al recitarlo, o exclamarlo, o gritarlo, cadencia por cadencia, siguiendo la desolación del narrador hasta su eventual aceptación del abismo.


domingo, 12 de mayo de 2013

Bill Bryson y sus breves historias de (casi) todo

Hace unos años andaba en la búsqueda de un libro de nivel general sobre la historia de la ciencia que incluyera algunos de los avances más recientes en cada uno de los campos. No tenía muchos deseos de agregar otro monolito ilegible a mi colección (miro de reojo y con bastante culpa a mi tomo de la Nueva Guía de la Ciencia de Asimov, añejado dos décadas), así que me interesaron particularmente varios testimonios en Internet sobre el libro A Short History of Nearly Everything que -decían los usuarios de Amazon- abarcaba una buena cantidad de temas con un tono más bien light y de lectura muy amena. El factor que terminó por decidirme fue enterarme de que al autor Bill Bryson se lo conoce justamente por cultivar un estilo humorístico, afable y nada académico.

Los usuarios de Amazon no me defraudaron. El libro es una crónica sinuosa y muy narrativa del camino recorrido por la humanidad en su afán por saber "todo"; o al menos ese "todo" que constituye el objeto de estudio de nuestras ciencias. Pero Bryson no es un científico, y no tiene ninguna intención de aburrir. El tono se acerca al de uno de esos amigos que son un libro abierto y que nos cuentan sobre una cantidad de cosas fantásticas que acaban de aprender en un documental.

Bryson se las ingenia para eludir ecuaciones y fórmulas, que sólo se incluyen cuando es estrictamente necesario, o cuando son muy famosas. Su objetivo parece ser más pintar el zeitgeist de los tiempos y sociedades en que los descubrimientos salieron a la luz. Vistas a través de sus ojos, estas mini-revoluciones dejan de ser simples factoids y se transforman en eventos fascinantes que impactan en vidas reales (pero los amantes de la trivia no tienen de qué preocuparse tampoco. El libro está repleto de datos, referencias y apuntes curiosos que por una cuestión de extensión muchas veces sólo merecen una línea).

¡Y qué vidas! Todos esos personajes familiares que hemos ligado al bronce inmutable desde nuestra edad escolar, se hacen de carne y hueso. Sus hazañas parecen aún más formidables porque podemos poner el esfuerzo en contexto; no sólo el social a gran escala, sino el de las típicas debilidades y glorias humanas. Al relevar ambiciones, mezquindades, luchas, pasiones y actos heroicos de desinterés, Bryson nunca abandona el humor ni la fina ironía, aun en aquellos casos donde se adivina implícita su compasión por el destino trágico de muchas de las figuras que contribuyeron a crear nuestro mundo moderno.

La humanización de las criaturas que pueblan los libros de texto es una tarea de consenso esencial, pero que generalmente se acomete con suerte muy dispar. En este punto debería aclarar que el humor y la accesibilidad general con que está escrito el libro no quiere decir que Bryson ha escrito una "historieta de la historia" à la Felipe Pigna. La personalidad del autor desaparece detrás de los hechos que narra. Es como un testigo extrañamente divertido, pero ubicado a la vera del camino. Al fin y al cabo, sus personajes no necesitan adornos dramáticos: ver nomás el caso del tan brillante como increíblemente excéntrico Isaac Newton, cuya obsesión por la experimentación lo llevaba a, por ejemplo, insertarse agujas de costura debajo del globo ocular "para ver qué pasaba" al llegar al fondo de la cuenca; o el de Lord Kelvin, un genio auténtico que entró a la Universidad de Glasgow a la edad de 10 años y vivió para crear centenares de inventos e impulsar innumerables avances que hoy nos hacen la vida más fácil (ej. la heladera); o la triste historia de Lavoisier, que creó el laboratorio más sofisticado del mundo y revolucionó la química sólo para quedar del lado errado de otra revolución, mucho menos benigna; la estatua erigida en su honor cien años más tarde llevaba por error el rostro de otra persona. Si Bryson se molesta con la biografía de un personaje particular, el lector debe esperar dosis similares de carcajadas y perplejidad.

Evaluación general del libro: en lo que hace a los avances científicos en sí mismos, hay bastante de Sagan en esto de aproximarse a los hechos por vía de la maravilla. Bryson no baja el nivel tanto como para que no haya que releer algunos pasajes más complicados, pero va un poco más allá en la búsqueda del entretenimiento puro y la identificación emocional, sobre todo del lector novato que se acerca a sus primeras lecturas científicas. Mi edición en inglés tiene poco más de 500 páginas, que es una extensión suficiente para un pantallazo general. Es justamente lo que estaba buscando. Además de ser altamente recomendable para todo público adolescente-adulto con un mínimo interés en el tema, me deja con la misma pregunta de tantas otras veces: conociendo la pobreza de nuestros contenidos y métodos educativos, ¿por qué no hay más libros como éste en las aulas?


(Nota al pie: no tuve suerte tratando de encontrar la edición en español del libro en nuestro país. Por ahora, la mejor opción parece ser el paperback disponible por 11 dólares en Amazon.com, o monitorear MercadoLibre en caso de que aparezca algún ejemplar).


jueves, 25 de abril de 2013

Oclocracia


Hace más de 80 años, el escritor inglés Aldous Huxley imaginaba Un Mundo Feliz (Brave New World, 1930).

Brave New World
 era una obra de ciencia ficción con una muy ingeniosa vuelta de tuerca sobre las clásicas visiones distópicas. La misma radicaba en que la sociedad del futuro no era dominada por los métodos represivos clásicos, sino por los diametralmente opuestos. En el mundo ficticio de Lenina Crowne (*), el Estado se encargaba de la distribución gratuita de pastillas de hormonas de placer, alentaba la promiscuidad y fomentaba el consumo indiscriminado de objetos e imágenes. Sometidos a una satisfacción constante, los ciudadanos descritos en la novela funcionaban en rutinas prediseñadas, hablaban trivialidades y en general demostraban una individualidad prácticamente nula. Me parece notable que el libro haya sido concebido por Huxley como una parodia de las utopías populares de su época y en especial de las de H.G. Wells. Este último autor había explorado temas similares a los de Un Mundo Feliz en La Máquina del Tiempo (The Time Machine, 1895), con la diferencia de que la apatía eterna de la sociedad hedonista de los Eloi ya había pasado de la mera respuesta a una influencia externa para convertirse en endógena: no era necesario un Estado para oprimir al individuo porque ya no existían individuos, y los Morlocks sólo tenían que atraerlos a sus mataderos subterráneos con sirenas (de la variedad mecánica, no homérica, aunque el efecto buscado fuera el mismo) sin preocuparse por la posibilidad de que entre los Eloi surgiera un solo pensamiento disonante.

((*) Los que recuerden la película El Demoledor (Demolition Man,1993), notarán tal vez las similitudes nada casuales con la sociedad pacífica a la que arriban el policía de Silvester Stallone y el villano de Wesley Snipes. El personaje de Sandra Bullock se llamaba, justamente, Lenina Huxley. Es raro encontrar en el cine ejemplos de este tipo de distopía "del bienestar", pero uno de los más recientes sería la audaz Wall-E (2008))

Cuando se publicó Brave New World todavía no habían eclosionado los totalitarismos más gigantescos y destructivos que conociera la humanidad. De hecho, se dice que Huxley encontró la inspiración para su libro observando simplemente el positivismo consumista que prevalecía en la sociedad norteamericana en las vísperas de la Gran Depresión. Le preocupaba la facilidad con que las comodidades se daban por sentado entre la gente y por cómo esta "subestimada tendencia a la distracción" podía ser aprovechada por gobernantes malintencionados.

En el desarrollo de esta política, sólo se tiene en cuenta de una forma superficial y burda los reales intereses del país, dirigiéndose el objetivo de la conquista al mantenimiento de un poder personal o de grupo, mediante la acción demagógica en sus múltiples formas apelando a emociones irracionales mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, fanatismos y sentimientos internacionalistas exacerbados; el fomento de los miedos e inquietudes irracionales; la creación de deseos injustificados o inalcanzables; etc. para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la oratoria, la retórica y el control de la población. La apropiación de los medios de comunicación y de los medios de educación por parte de dichos sectores de poder son puntos clave para quien busca esta estructura de gobierno, a fin de utilizar la desinformación.
-- De la entrada en Wikipedia para Oclocracia

En 1958, Huxley publicó una secuela (en rigor, una colección de ensayos) a la que tituló Nueva Visita a un Mundo Feliz (Brave New World Revisited). Para entonces, el mundo ya había sufrido la experiencia de los absolutismos a enorme escala: ideologías belicistas como el fascismo y el comunismo se habían consolidado en versiones modernas y eficientemente sanguinarias que en conjunto extinguieron un estimado de más de 100 millones de vidas. No sólo eso: lo perturbador era que los genocidios habían contado con un notable apoyo popular en sus usinas de origen. Con semejante campo experimental a su disposición, Huxley pudo trabajar sobre el alcance de sus pronósticos y determinar hasta qué punto se habían cumplido o fracasado. Lo que descubrió fue que no sólo se había cumplido gran parte de sus predicciones, sino que se seguían cumpliendo y a un paso más acelerado de lo que él mismo había previsto.

En ese ínterin, ya se había publicado también el clásico de George Orwell, 1984 (Nineteen eighty-four, 1949), otra mirada sobre una distopía futurista pero de corte represivo, donde el Partido mantenía un control férreo sobre los canales de comunicación y las vidas de los ciudadanos, y practicaba una distorsión sistemática de la realidad por medio de la repetición constante de contra-valores; el "Ministerio del Amor" era el sitio donde se llevaban a cabo las torturas. El libro alcanzó un éxito tan grande y fue tan difundido que varias referencias se fueron incorporando definitivamente al lenguaje común, como "Orwelliano" y el mismo "Big Brother", que en la novela era el nombre del invisible líder del Partido que lo vigilaba todo. Corroborando tal vez irónicamente los viejos temores de Huxley, el concepto de "Gran Hermano" hoy se transmutó en un divertimento de masas frecuentemente acusado de convertir a los participantes en ratas de laboratorio triviales y cínicas. Y sin coacción mediante: son los mismos partipantes los que marchan gustosos al proceso de desafección con la zanahoria de un premio en metálico o simplemente fama. 

Tanto Huxley como Orwell, desde el carácter divergente de sus ficciones, entendían que la propensión despótica podía ser independiente de nombres, géneros o creencias, pero dependía de un elemento crucial sin el cual ningún totalitarismo podía existir, la no en vano llamada "madre de todas las batallas" entre los paralelos contemporáneos: el control de los canales de información. 

En su propaganda, los dictadores de hoy confían principalmente en la repetición, la supresión y la racionalización: la repetición de las consignas que desean que sean aceptadas como verdades, la supresión de hechos que desean que sean ignorados y el fomento y racionalización de las pasiones que puedan ser utilizadas en interés del Partido o del Estado.
-- Nueva visita a un Mundo Feliz, cap. IV: "La propaganda en una sociedad democrática"

Nuestra ilusión de permanencia nos juega en contra al evaluar la distancia que nos separa de estos y otros tantos abismos. Así vemos lo acontecido hace 60 ó 70 años como perteneciente a otro tiempo y lugar. No sólo eso; tendemos a ver los hechos más traumáticos en un contexto histórico como repentinos, y no como el resultado de procesos graduales, y por ende nos imaginamos capaces de detectar o parar a tiempo algo que en estos días sería "impensable". Esto es, una vez más, una ilusión que queda en evidencia cuando se advierten los signos de estas mismas tendencias latentes en nuestra vida de todos los días, al punto de que parecen esperar sólo la chispa correcta. Por tal caso, tampoco ha variado la situación con respecto a otros temas abordados por el libro, como el de la superpoblación (En este punto el panorama sigue siendo negro: el autor se espanta por el hecho de que entre 1930 y 1960 la población mundial haya aumentado de 2 mil millones a 2,8 mil millones. Cincuenta años más tarde, somos 6 mil millones y no hay ninguna certeza con respecto a una eventual desaceleración).

Pero si es tan fácil hacer futurología (y como se ve, los despotismos siguen prácticamente el mismo libro de texto sin importar la centuria), ¿por qué tropezar una y otra vez con la misma piedra? ¿Dónde están los hombres justos de la famosa cita atribuida apócrifamente a Jefferson? Si los males generados por la humanidad comparten varias características esenciales, también, es mi opinión, lo hacen las potenciales soluciones. Pero me parece evidente que el reconocerlos depende en buena medida de la habilidad que tenga la sociedad en general para distinguir el método bajo la multiplicidad de contenidos que pueden despistar, y así advertir el peligro antes de que tenga oportunidad de manifestarse a sus anchas. Todavía hay que pasar el filtro de las creencias y las ideologías, que siempre juegan un papel ilustre en el ascenso al poder de las organizaciones criminales. Tal es el poder de estos surcos mentales que incluso entre quienes han abrazado alguna visión sectaria en algún punto de sus vidas y hoy la han abandonado o reniegan, parece quedar un residuo que sigue afectando la visión de la realidad más contundente. Por ello considero que la mejor forma de eludir estas trampas es volver a lo básico: olvidarse de escribas, discursos y tomos, dejar de seguir a las mismas voces de siempre, y apelar simplemente a una intención honesta, una mente limpia y crítica, y un fin puro. Sin estas precondiciones, no hay realidad que no pueda ser distorsionada, ni crimen que no pueda ser justificado por los sofistas a sueldo: el dinero le dará forma definitiva a la racionalización del mal, no importa cuán grotesca sea la forma que adopte.

En estos días escucho revuelo ante la noción del "ir por todo" expresada por figuras supuestamente democráticas. Quizás lo que ha cambiado es la candidez con la que se reconoce el fin, pero en rigor toda secta, todo fundamentalismo, toda organización criminal va por todo. Enfrentarse a la irracionalidad violenta es un problema muy distinto al de lidiar con interpretaciones distintas, o visiones en conflicto. Como dijo alguien, una mentira no es una opinión más. En este sentido comparto la perplejidad y la ansiedad de muchos ante este fenómeno, así como la confusión a la hora de pensar en soluciones concretas: ¿cómo se comunica uno con quien carece de códigos universalmente reconocidos como humanos? Más aún, ¿puede alguien pensar realmente que este es un problema político, y no previo?

La única herramienta legítima y efectiva que conozco para desbaratar estas amenazas, como tantas otras, está en la prevención via educación. Y lamento que la palabra evoque los sistemas educativos actuales, disfuncionales y muchas veces contraproducentes, porque está claro que estamos hablando de otra cosa. Ni hablar en nuestro país, donde enfermedades que se creían erradicadas vuelven a instalarse sobre los escombros del sistema: hoy de nuevo tenemos que luchar para que los colegios no inyecten ideología a los niños con métodos que eran siniestros ya hace 7 décadas. Pero diga lo que diga el cuadrito que encabeza este post, lo cierto es que el desarrollo intelectual o el tener un IQ elevado no son obstáculo para la malignidad y, en el peor de los casos, proveen el filo que necesita el cuchillo. Como alternativa, una educación que se enfoque en la relevancia del sentir y el pensar actuando al unísono, que se ocupe más de vaciar (desconstruir) que en llenar, con un foco puesto en el desarrollo de la empatía y el bienestar del conjunto (no declamado sino real), tal vez colabore para desmalezar ese espacio interior que debe estar limpio para dejar lugar a la manifestación de la intención pura. 

Pienso que una educación realmente útil debería partir de asegurar esas bases y de allí ampliarse en dos direcciones: interna y externa. El proceso debería fomentar la formación de individuos que se rijan por principios éticos, individuos incorruptibles no por impostura, sino por comprensión cabal de cómo se sirven las buenas intenciones. Sería difícil entonces que nuestras democracias, tan invocadas de la boca para afuera pero en definitiva débiles y anómicas, degeneren en las pantomimas oclocráticas de las que se ufanan tantos líderes con rasgos psicopáticos. El trabajo externo de esta educación se centraría en la supervivencia, y apuntaría a evitar que este tipo de mentes vuelvan a tener injerencia sobre el destino de millones de vidas.

El trabajo interno, por otro lado, apuntaría a entender cómo y por qué surgen este tipo de mentes, descubriendo tal vez el germen de estas tendencias agazapado dentro de nosotros mismos. Y ahí, como diría Keanu, "Whoa".


sábado, 13 de abril de 2013

Netflixeando: Rogue (2007)

La sección de horror de Netflix sigue siendo a todas luces bastante anémica (*), pero navegar por la categoría de "Añadidas recientemente" depara cada tanto una que otra sorpresita digna de atención. Aunque los criterios de selección de estas adiciones para mí siguen siendo inescrutables, algunas sí parecen seguir ciertos temas o patrones. Por ejemplo, las últimas novedades en el género incluyeron las 3 Wishmaster, las 3 Child's Play, y también apareció una serie de películas sobre cocodrilos gigantes, entre ellas dos secuelas de Lake Placid y la que me ocupa en este post.

(*)  Cuando digo anémica me estoy refiriendo a cantidad, no a calidad. Sabiendo los problemas de Netflix para hacerse con los derechos de películas recientes y mantener al mismo tiempo un balance positivo en los todavía frágiles mercados latinos, me resulta al menos entendible que la calidad del catálogo sea muy heterogénea. Pero el género de horror ofrece otro tipo de oportunidades, que aparentemente hasta ahora Netflix no ha podido o querido aprovechar. No soy el único a quien le gustaría poder disfrutar de una oferta extensa de películas de terror clase B, bodrios por más señas, de esas que existen primordialmente para disfrutar entre amigos o para matar las últimas horas del día. Al saber perdida la competencia por el cine reciente o premium, Netflix podría reorientar sus esfuerzos a convertirse en EL repositorio de cabecera para el fan del horror, o cine clásico de género, ya que me cuesta creer que los derechos de estos films sean demasiado onerosos. Pero la verdad es que ignoro los detalles...

La película en cuestión se llama Rogue, un título tal vez no muy feliz por lo poco descriptivo. Y que me suena de alguna forma como un intento de imitar a Jaws (y la regla no escrita dice que toda película de animal monstruoso que se precie debe tomar algún apunte de Jaws) en eso de aludir en forma lírica o indirecta a la bestezuela de marras. Esta es una práctica que normalmente se pierde por completo en la traducción a nuestro idioma, viendo que Jaws se transformó en la muy obvia Tiburón, la mencionada Lake Placid se llamó simplemente El Cocodrilo, y así. Aunque quizás sea mejor que nuestros tituladores se aferren a la literalidad. The Ghost and the Darkness (1996), aquella de los leones asesinos con Val Kilmer y Michael Douglas, ligó el cuestionable nombre de Garras (!!)

Es posible que Lake Placid sea en buena medida la responsable (o culpable) de la resurrección del subgénero de cocodrilos gigantes en el cine del nuevo milenio. Apostando al humor muy tongue in cheek, logró algo similar en el género a lo que Scream había hecho pocos años antes con los thrillers de asesinos seriales. No era una gran película ni mucho menos, pero le sobraba audacia para meter a Bridget Fonda, Brendan Gleeson, Bill Pullman y Oliver Platt en una recreación-parodia directa y honesta de las viejas películas de monstruos, y un guión igualmente desvergonzado y repleto de humor negro. Esta combinación parece haber sido suficiente para ganarle una buena cantidad de seguidores. En lo personal, Lake Placid me resultó entretenida, que es mucho más de lo que puedo decir de algunas películas posteriores que trataron de seguir el mismo camino; por ejemplo la demasiado aburrida Eight Legged Freaks (2002) o las abominables secuelas/reinventos de Piraña. La línea entre el homenaje retro y el bodrio que confunde autorreferencia con inteligencia es aparentemente muy delgada, ni hablar cuando se intenta hacer una comedia de horror.

Greg McLean, director de Rogue
Rogue (término inglés que en el contexto del reino animal se aplica a los ejemplares salvajes, descontrolados y solitarios) aparece en Netflix con el nombre Terror bajo el agua. (¡Hablando de títulos poco inspirados!). Pero la película se distingue de sus parientes cinematográficos en un par de rubros. Nada más empezar, con la llegada del protagonista a un bar remoto del outback australiano, impactan la calidad de la fotografía, lo económico de los diálogos, la naturaleza ominoso-melancólica de la muy buena música, y el filoso lenguaje visual. Al buscar datos del director descubrí que se trataba de un tal Greg McLean, quien había dirigido previamente Wolf Creek (2007). Esta había sido una película típica en el género de los hillbillies asesinos -que incluye clásicos como Deliverance (1972), también en Netflix, y The Texas Chainsaw Massacre (1974) - pero que aún sin apartarse de las convenciones lograba crear una atmósfera de tensión muy interesante que le daba una personalidad propia.

Más animado entonces por este buen comienzo, me preparé a recibir aún más sorpresas. Fue una espera vana. Lo que fundamentalmente hace agua (ja!) es el guión, que de tan rutinario me imagino que en Hollywood debe existir en forma de sello, o de formulario. Un grupo de ............ (turistas) queda atrapado en un ............. (islote en medio de un río), donde son acechados por un ......... (cocodrilo gigante) que va .............. (devorándolos) uno a uno. Lo que nos queda por evaluar entonces es la ejecución de este concepto. No querría ser demasiado injusto, ya que no espero que a esta altura se pueda innovar demasiado; es simplemente que hay veces en las que una película logra hacer click a pesar de cargar con un tema trilladísimo. Rogue no lo consigue, aunque queda cerca.

La caracterización de los personajes/víctimas potenciales podría haber sido mucho peor. Los estereotipos esperables en este tipo de film reciben aquí pequeños detalles de atención y diálogos mayormente naturalistas que contribuyen a su humanización. Pero la acción que afecta a estos personajes es fórmula, fórmula. Consideremos el interés romántico del reportero protagonista, la muy bonita australiana Radha Mitchell. Radha es la guía del tour y capitana de la barca que llevará a los turistas por un río apartado donde eventualmente se toparán con el super-croc. El personaje está bien delineado, con varias facetas que la muestran como una mujer con la firmeza necesaria para manejar situaciones de tensión, sin llegar a ser una heroína de videojuego. Pero si la caracterización supera la media de la industria, el guión termina tratándola como a cualquier otro interés romántico. Algo parecido sucede con el resto de los pasajeros; todo rasgo que podría haberse desarrollado en algo interesante termina siendo ignorado o descartado, ya sea por intervención reptiliana o por simple pereza argumental.

Radha Mitchell en Rogue
La caracterización del cocodrilo no tiene tanta suerte. Rogue parece haber tomado nota de Ridley Scott y el mismo Spielberg en lo que hace a la política de exposición del monstruo, ya que durante los dos primeros tercios de la película del cocodrilo apenas se ve una escama. Claro, a Spielberg o Scott esto les permitía generar un suspenso y aprensión crecientes; en manos de McLean el artilugio es tan obvio que resulta irritante, cuando no ridículo. Es que para ajustarse al requerimiento de no mostrar la cara, el croc (que tiene las dimensiones de un ómnibus diferencial y pesa claramente unas cuantas toneladas) entra y sale de escena con la velocidad y el sigilo de un ninja. La parquedad se trata evidentemente de una decisión deliberada y no de un tema de presupuesto, ya que el tercer acto revela un CGI muy decente, y es -a diferencia de la mayoría de los casos en el género- cuando la película alcanza mayor vigor y tensión genuina.

Rogue puede ser una de las mejores películas de cocodrilos que he visto hasta el momento, pero no es difícil adivinar que eso no es decir mucho. Tiene a su favor que se toma completamente en serio y no es completamente risible. Recibe un score de 6/10, principalmente por la música, la fotografía, la ambientación y el segmento final, que se reserva algunas emociones.