Un día de fines de 2011, el australiano Gavin Aung Than hizo un balance de su existencia y descubrió que ya se había aburrido lo suficiente con su carrera profesional como diseñador gráfico. Pocos meses antes de cumplir 30 años, hizo lo que le pareció más sensato: abandonar la estabilidad que le otorgaba su trabajo para dedicarse a lo que más le gustaba en el mundo, que era dibujar historietas. El resultado de esa decisión es el sitio Zen Pencils.
Zen Pencils no es un sitio de webcomics típico. Than dibuja páginas individuales que adaptan, recrean e ilustran frases, canciones, obras o experiencias de personas reales que por algún motivo lo inspiraron, o que marcaron su vida -y el mundo- de alguna forma. Por sus trazos pasan muchas personalidades que se han destacado en distintas ramas de las innumerables actividades humanas: arte, ciencia, política, industria, filosofía.
El denominador común de todas las historietas es que mueven a la reflexión y en general desde una perspectiva positiva, sin eludir la tragedia, o mejor dicho, utilizándola como trampolín para ese saldo esperanzador. De yapa, todas ellas funcionan perfectamente como degustación introductoria de pensamientos y obras que tal vez nos estaban pasando por el costado, invisibles e ignoradas.
A modo de muestra de las más de 100 adaptaciones que se pueden disfrutar en el sitio web de Zen Pencils, va esta pieza dedicada a Alan Watts y a una exhortación que, me imagino, el artista habrá tenido muy en cuenta.
Nota: el video con las palabras de Watts al que apuntaba el enlace del sitio fue removido de Youtube. Esta versión tiene subtítulos en español.
Via | Zen Pencils
"The time has come," the Walrus said, "To talk of many things: Of shoes—and ships—and sealing-wax— Of cabbages—and kings— And why the sea is boiling hot— And whether pigs have wings."
viernes, 13 de junio de 2014
viernes, 6 de junio de 2014
Música de viernes: sólo para replicantes
Hace unos días hablábamos tangencialmente y no tanto de Blade Runner, así que me pareció adecuado darle continuidad al tema para este viernes musical, sobre todo porque muchos argentinos tenemos una relación especial con la música que compuso Vangelis para la película.
La historia de esta banda de sonido es algo extraña. Pese a que los fans la venían esperando desde 1982, no hubo ediciones oficiales en el circuito comercial hasta 1994. Para ese entonces, de todos modos, la figurita difícil ya había aparecido. En 1989 se editó el álbum-antología Themes, en el que se asomaba, casi con timidez y con un título tan apático como modesto, End Titles from Blade Runner.
Tal vez sea la afición argentina por ese tema en particular lo que hizo que Themes alcanzara el doble platino en nuestro país. El motivo de dicha afición, sin embargo, era absolutamente extra-fílmico.
Es que el End titles (o mejor dicho, la versión no oficial del tema recreada por la New American Orchestra) era la cortina musical de un clásico de la televisión local, Fútbol de Primera, dedicado al deporte de marras. La popularidad del programa conducido por Enrique Macaya Márquez hizo que la pieza, de ritmo enérgico y tambores implacables (hoy los péndex dirían "épicos"), pegara fuerte entre la audiencia y también –la magia de contar con apenas un puñado de canales disponibles– entre quienes miramos al fútbol con el interés que le dispensamos cotidianamente a nuestra flora intestinal.
Sucede que para fines de los '70 Evangelos Odysseas Papathanassiou había encarnado el éxito popular/comercial de lo que podemos llamar el sonido espacial, o spacey, a fuerza de experimentar con sintetizadores, ecos y melodías que muchas veces perforaban las fronteras de lo simplemente melancólico para entrar en mundos propios. Permítaseme el cliché de describir a Vangelis como un pintor de ondas sonoras que usaba el synth como pincel para plasmar paisajes hasta entonces arcanos para la criatura humana... y profunda, extrañamente inquietantes.
No es casual que Heaven and Hell haya sido parte indivisible de Cosmos, acompañando a las pinturas de Jon Lomberg. Es música que parece haber sido creada específicamente para subrayar las sensaciones, no necesariamente cómodas, que a uno lo asaltan cuando observa más allá de las estrellas.
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| La Vía Láctea según Jon Lomberg |
Tanto la mencionada Heaven and Hell, como Alpha, o como La Petite Fille de la Mer (compuesta para un documental de animales) parecen describir un espacio grandioso, pero también desolado; un universo habitado por un conjunto de cuerpos celestes impávidos y mecánicos donde lo que llamamos condición humana demuestra ser un accidente en lugar de la norma, como descubre El Principito en su búsqueda galáctica en pos de un sentir genuino.
Vangelis fue una elección interesante para Blade Runner, aunque no sé si llamarla enteramente exitosa. Quizás Scott buscaba justamente esa sinestesia para que articulara bien con el tono existencialista-trágico de la historia. Siempre pensé, de todos modos, que la tan querida End Titles desentonaba un poco en el contexto.
No es el caso de Rachel's Song. Para empezar, es parte de la banda de sonido pero no aparece en la película. Y es que aquí está el Vangelis melancólico por excelencia, pintando valles sombríos y picos recortados contra un cielo negro sobre un tic-tac de fondo sólo para revelar, al final, que todo es una maqueta.
miércoles, 21 de mayo de 2014
El samurai que reencarnó en un cangrejo
Es una mañana fría, húmeda y oscura la que cruzamos con Santi 13.7 mientras lo acompaño al subte que lo llevará al colegio. En el camino, me comenta que pronto tendrán evaluación de Ciencias Naturales y me pide que le explique un poco el concepto de selección artificial.
Como un gato que hubiera estado esperando agazapado el momento justo, con esa especie de alegría -¡por fin!- que sigue a todo aquello que encuentra la oportunidad indicada para transmitirse, en mi mente salta, instantáneo, el recuerdo que se conserva más vívido entre todo el acervo acumulado en los últimos 30 años; aquel que se refiere a la leyenda japonesa de los guerreros Heike y de los cangrejos que hoy llevan su nombre, ese recuerdo que adquirí a una edad impresionable y no muy lejana de la de mi hijo hoy, grabado a fuego mientras miraba en la TV una serie extraña y extrañamente maravillosa conducida por alguien llamado Carl Sagan.
El crustáceo en cuestión, conocido como cangrejo samurai, Heikegani o Heike, exhibe en su caparazón unas molduras que se asemejan mucho a los rasgos estilizados de un samurai enfurecido. ¿Cómo es posible, se preguntaba Sagan, que ese rostro tan reconocible hubiera llegado allí por sí mismo, sin intervención humana? Como respuesta, él apuntaba en efecto a la intervención humana, pero indirecta. La hipótesis es que los pescadores japoneses de hace unos siglos creían reconocer en estos animales al espíritu de los ancestrales guerreros Heike, y por lo tanto devolvían al mar los ejemplares que capturaban en lugar de consumirlos como al resto. El trabajo a partir de ese punto quedaba a cargo de las fuerzas naturales de la herencia, pero sólo tras esa preselección no premeditada.
Aunque personalmente la encuentre encantadora, me consta que esta explicación sobre la supervivencia del cangrejo Heike es, por supuesto, muy discutible y discutida. Pero no es el punto. Sea o no factual el mecanismo descrito, se trate o no de un caso más de simple pareidolia, la leyenda del cangrejo y su influencia en las actividades humanas posteriores sigue siendo una ilustración poderosa del principio de selección artificial, y del refinamiento que encara la naturaleza por sí sola cuando cuenta con tiempo para trabajar a sus anchas. Si los resultados de este trabajo nos parecen tantas veces inexplicables, hay que considerar que nuestra capacidad de aprehender las escalas de tiempo apenas abarcan unos cientos de años, y que pescar el sentido de una acción que se extiende por milenios nos resulta tan difícil como captar una melodía en un disco reproducido a revoluciones ínfimas.Sagan también usaba imágenes musicales para describir el universo y sus elegantes mecanismos. El capítulo de Cosmos en que aparece la historia del cangrejo Heike, Una voz en la fuga cósmica (One Voice in the Cosmic Fugue, 1980) era pródigo en imágenes memorables. Ahí aparecen también el calendario universal, las especulaciones sobre las íncreíbles criaturas que podrían habitar Venus -desgraciadamente, esto era antes de que se descubriera que la atmósfera de Venus es bastante inhóspita, nubes de ácido sulfúrico incluidas- y la extraordinaria, para ese entonces, animación computada sobre la posible evolución de las formas de vida terrestres.
No quiero extenderme en elegías sobre Cosmos o Sagan porque ya he hecho demasiadas como para sentirme cómodo, y la red rebosa de ellas; baste decir que con cada revisión de la serie a lo largo del tiempo he apreciado cada vez más no sólo el contenido, sino la forma en que éste era transmitido, en línea con mi creciente comprensión a lo largo de los años de la absoluta importancia que tienen las formas y los medios, que superan en longevidad e influencia a la mayoría de los fines.
La legión de admiradores que cosechó Sagan en todo el mundo, unidos a través de las distintas culturas por una experiencia común que se suele describir en términos relacionados con la inspiración, el despertar y hasta el cambio de vida, es testimonio vivo tanto de la naturaleza esencial de esta capacidad comunicativa, como de la acritud comparable de los métodos "didácticos" unidireccionales (tema insoslayable pero aparte es el del éxito que demostró ser el formato televisivo para la divulgación de las ciencias en la era pre-cable, que apenas más tarde continuarían acá programas como La Aventura del Hombre y un poco después El Mono que Piensa -- y ya que estamos, ¿alguien se acuerda de la promesa de aquella época, Roberto Cenderelli?).
Y hay un lindo e inesperado broche final para esta anécdota. Santi 13.7 quedó satisfecho con mi explicación y con el ejemplo, pero me tenía reservada una sorpresa. Cuando nos volvimos a ver en casa al final del día, me dijo entusiasmado, con la cara iluminada:
-¿Sabés de qué nos habló la profe? Del cangrejo Heike.
miércoles, 7 de mayo de 2014
¿Sueñan los androides con...Selfies?
Mi murciélago muerto del post anterior le recordó al amigo MAD el final de Blade Runner (1982).
Por pura casualidad, hoy me encuentro con esta serie de selfies capturadas por la actriz Sean Young mientras se estaba rodando la película. Las fotos la muestran muy divertida posando junto a algunos compañeros del elenco y el staff (aunque sólo puedo reconocer a Rutger Hauer y a un sorprendido/aterrado Harrison Ford).
En otras fotos aparece caracterizada como su personaje, la enigmática Rachel.
Para tomar estas instantáneas Young usó una cámara Polaroid, ese aparatejo maravilloso que en ese entonces no habrá representado la innovación que hoy encarna, digamos, Google Glass, pero casi. Salvo la low-res entrañable y un leve efecto difuminado de película setento-ochentosa, las fotos parecen haber sido sacadas ayer; testamento tal vez de la calidad de la máquina.
Más de 30 años más tarde, con todo el alboroto que arma todo el mundo con las selfies, me imagino a una Sean Young madura, donde sea que esté hoy, exhalando un suspiro, meneando la cabeza y diciendo "bah!".
El juego completo de 20 fotos puede verse en el sitio Retronaut.com, que es casi casi tan maravilloso como una Polaroid en los ochenta.
Via | Retronaut
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lunes, 5 de mayo de 2014
Murciélago en la ventana
Lo descubrimos temprano, al despuntar el día. Yacía sobre el compresor exterior del aire acondicionado.
Ya habíamos tenido ocasión de ver alguno buscando refugio en el lavadero, sobre todo en medio de esos temporales que últimamente parecen tan frecuentes en la ciudad. Esta vez no habíamos tenido viento o lluvias fuertes, pero ahí estaba. Acá arriba. Inmóvil.
Por la cola, podría ser un Taradira brasiliensis. Son chiquitos, así que tal vez no fuera una cría. Dicen que viven hasta 15 años. Me llamó la atención el pelo, en aparencia suave, apretado y corto; pardo, pero con un hermoso tono rojizo gentileza del sol de la mañana.
Pero sobre todo me llamó la atención la pose contemplativa. Como si hubiera parado un momento para descansar, con la cabeza entre los antebrazos, para una breve siesta antes de continuar volando y comiendo bichitos. Pero estaba muerto.
lunes, 7 de abril de 2014
Mientras tanto, en Japón (II)
¿No sería fantástico poder dejarle las llaves a la empresa de mudanzas para que se encargue del "teletransporte" del mobiliario, sin que al día siguiente falte una sola tacita?
Las tantas noticias y tecnologías maravillosas y bizarras que nos llegan de Japón pueden relegar al segundo plano a esa pirámide de eficiencia naturalizada que es, al fin y al cabo, sobre la que se asienta toda aquella magia.
Y sin embargo, es probable que las mayores sorpresas -y, para los foráneos, las mayores distancias relativas- se hallen en esas bases cotidianas, ordinarias, y no tanto en los robots empáticos o en la realidad aumentada.
La RAE define "Tecnología" como:
1. Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico.
2. Tratado de los términos técnicos.
3. Lenguaje propio de una ciencia o de un arte.
4. Conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto.
Estoy seguro de que si le preguntamos al transeúnte medio, su respuesta se ajustará principalmente a la cuarta acepción, con énfasis en la parte de los instrumentos.
Pero la primera en particular revela que nuestra concepción de "tecnología" es algo estrecha. Que no tiene que ver exclusivamente con metales superconductores, lubricantes o chips, sino que involucra un sentido más amplio de aplicación que incluye a los procesos, estándares y, por qué no, a cualquier secuencia de hábitos que nos sirva para bajar de peso o aquietar la mente. En una palabra, el foco de la palabra "tecnología" se divide entre el instrumento y el aporte humano.
Y he ahí, una vez más, la madre del borrego.
lunes, 24 de marzo de 2014
Progreso II
Hay veces en que me encuentro con imágenes que lo dicen todo, como la de arriba.
La yuxtaposición me parece poética. Esta mañana temprana de sábado que amaneció despejada y soleada da para miradas más líricas. El cielo está tan puro y límpido que parece sólido, una pizarra azul.
Aquí abajo, mientras tanto, una colaboración estrecha entre perros, cartoneros y transeúntes desaprensivos ha derivado en el desparramo a conciencia, cuadra a cuadra, de una auténtica exposición de desperdicios de todo tipo y tamaño. Las colonias de moscas que asisten a la muestra zumban, animadísimas, en grupos de densidad variable. Tal vez hasta cuchichean. ¿Ya probaste el buffet?
Es un poema distinto. Recuerdo que cuando yo era chico recorría estas mismas calles y juntaba del suelo las bolitas -semillas- de los árboles del paraíso. Recuerdo también su olor peculiar y el sonido de las hojas arrastradas por el viento. Todas imágenes sepia que quedan de la infancia. El aroma dominante hoy es el de las deposiciones caninas -al menos no hay humedad, así que la base es menos aceitosa y más liviana, una especie de eau de popó-, pero a veces también huele a algo muerto.
Muy cerca de acá, en una noche tórrida del diciembre pasado, fuimos testigos de una sucesión de cortes. Primero hubo un corte de luz. Después hubo un policía que al volver de su trabajo se encontró con otro corte, esta vez el de una avenida. El calor, la locura y un par de balas hicieron lo suyo, y lo que se cortó a continuación fue una vida. Sólo una anécdota más de un fin de año memorable por todas las razones equivocadas.
Sigo caminando. Realmente es un día diáfano. El sol ya se asomó, la temperatura es perfecta, fresca sin ser punzante. Aquí abajo, mientras avanzo en el silencio de la mañana, la cosa parece algo irreal. Los grafittis, siempre incansables en su objetivo de cubrirlo todo, parecen estar advirtiéndome algo, como que estoy atravesando -o a punto de franquear- terreno hostil. Acá rige otra cosa, parecen decir. Y ahora los desperdicios me suenan hasta insolentes, parecen reírse de los tachos plásticos de color naranja que fueron instalados en cada cuadra, respondiendo a códigos antiguos e irrelevantes; el maelstrom residual se ríe al menos de aquellos que no están completamente destruidos.
Tal vez los desechos me suenan insolentes porque no se ocultan. La pata de pollo a medio masticar conversa con el envase de Tetra al pie de un árbol. Un trozo de papel higiénico que cabalga la brisa amenaza con plantarse en mi cara. Puedo ver que buscan el nuevo orden, pretenden ser la alfombra natural de las veredas. Debemos ver al detrito que fluye hacia la calle como parte natural del paisaje. Una especie de hojarasca otoñal de una primavera consumista que nunca enseñó, ni buscó hacerlo, la importancia del mantenimiento, de la prevención, de asegurar que las alcantarillas no se obstruyan. En fin, todo lo aburrido que distrae del mandato primaveral. Pero llega el momento, dicen los sabios, en que la basura te tapa.
Paso por la panadería que ya no va a abrir. Hace unas semanas entraron unos pibes y le pusieron un caño en la panza a la chica que atendía, que estaba embarazada de 8 meses. Cuando se fueron con unos pesos y la promesa implícita de volver, el carnicero de la esquina la auxilió y la llevó a su casa. Nadie supo más de ella. Con su familia habían venido del interior, buscando una vida mejor.
De repente, en una esquina, pesco unos bultos oscuros que me llaman la atención. Alguien ha dejado cuatro cajas de cartón junto al cordón de la vereda, y sea por algún impacto o la curiosidad de algún tercero, tres de ellas se han roto y han vertido su contenido sobre la calle. Me acerco. Tres gallos negros descansan mirando al cielo, cada uno sentado en un pote de cerámica terracota. Por las rendijas de la caja que ha quedado intacta adivino el cuarto, también acurrucado en su pesebre insólito.
Sigo caminando y me olvido de sacar la foto. Llamo a un amigo para hablar de varias cosas -sé que madruga y que a esta hora lo voy a encontrar- y le comento mi hallazgo. "Macumba", me confirma. En realidad, tiene sentido, pienso.
La tecnología no sólo va más rápido que nosotros, sino que nos engaña. Ella, y los tachos de basura. De pronto me viene a la mente Pocahontas en Europa, vestida con ropas que no eran suyas, muerta a los 22 años por alguna enfermedad pedestre. Pero Pocahontas era una princesa Powhatan. No hay nada de realeza en lo que se despereza aquí bajo las vestiduras, en lo que late bajo el disfraz.
Tal vez sea esa sensación de irrealidad que ha acentuado la aparición de los gallos, pero hasta me parece escuchar algo confundiéndose con el zumbido sordo que se percibe en el fondo de todos los silencios, incluido este profundo silencio matinal; como un murmullo de tambores a la distancia, a mi alrededor, bajo mis propios pies.
O tal vez sólo sea un piquete en algún lado. Todo puede ser.
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