jueves, 3 de enero de 2013

Recuerdo de Ray Bradbury (1920-2012)


Ray Bradbury falleció a mediados del año pasado, a los 91 años de edad. El sitio OpenCulture lo recordó en un post afirmando que "Bradbury now joins Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, and Philip K. Dick in the pantheon of science fiction."

Aunque en ese panteón la compañía sea más que distinguida, pienso que el escritor se sentiría algo fuera de lugar y lo tomaría como un puesto sólo honorario. 

Bradbury fue un autor esencial en mi juventud temprana y hace mucho que no lo leo. Últimamente, sin embargo, lo tengo muy presente. Lo suelo usar como botón de muestra para ilustrar algo que en rigor no necesita mucha ilustración: la desintegración en general de la calidad educativa en las escuelas en favor de, a mi entender, la homogeneización, la condescendencia y -sobre todo- la subestimación del niño. La anécdota puntual es que puedo comparar los libros que Santi recibió en 5to grado con los que yo mismo tuve 30 años atrás, en el mismo establecimiento, y evaluar el progreso (o no) específicamente en el campo del estímulo de las habilidades esenciales de la lectura y la producción escrita entre los niños.

El contraste viene así: hoy Santi y sus compañeros tienen como única asignatura en estas áreas el leer un librito titulado "Manuel Belgrano hace bandera y le sale de primera", de Adela Basch, autora al parecer difundida entre los colegios primarios y responsable de otros títulos como "Contemos uno, dos y tres y vayamos a 1810!" y "Las empanadas criollas son una joya". El libro está escrito en forma de obra de teatro en versos rimados, con font de 50pt. y por la longitud parece más un suplemento de alguna revista (todo esto no busca ser, desde luego, una crítica a la autora, ya que todo libro tiene su lugar). En este quinto grado de mentes suficientemente activas y diestras en el manejo de smartphones, perfiles de Facebook y videos en Youtube, la lectura del librito en cuestión es supuestamente obligatoria, pero durante las vacaciones de invierno, y el cumplimiento no será monitoreado ni se harán muchas actividades en clase sobre el tema. 

Hace casi exactamente 30 años (esa época de los dibujitos a la hora de la leche, cuando Mafalda jugaba a los vaqueros con Felipe en el parque y las tardes eran todas hojas en blanco para llenar de historias), me hallaba yo sentado en un banco del mismo colegio, tal vez en el mismo lugar de Santi, y fui testigo de un pequeño milagro. Aunque ya por disposición académica teníamos establecido un mini "círculo de lectores" en el aula donde circulaban Verne, Salgari, Melville, etc - con éxito dispar entre los alumnos, es menester decirlo, pero al menos todos tenían la oportunidad de asomarse al mundo de la literatura juvenil -, uno de nuestros maestros, tal vez más inteligente, perspicaz, o simplemente más valiente, decidió ir un paso más allá y comenzar a usar una de las horas de clase para leernos un libro. Este libro era Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, y el primer relato era "El verano del cohete". Recuerdo perfectamente el día, el sol entrando por la ventana, su figura en el escritorio. Los alumnos teníamos libertad para dibujar, mirar por la ventana o simplemente no hacer nada mientras escuchábamos la cadencia de la voz del profesor que desgranaba una trama simple, pero en lenguaje adulto; con expresiones enredadas, repeticiones (luego las llamaríamos aliteraciones) y algunas palabras muy curiosas. Todos habíamos comprado el libro en distintas ediciones y podíamos seguir la narración en nuestras propias copias (la tapa de la mía, de la editorial Minotauro, me resultaba algo perturbadora). 


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Mi edición de la vieja editorial Minotauro,
ilustrada -si no me equivoco- por el famoso Carlos Nine.

Desde ya que el libro no fue un éxito con todos los alumnos, pero las obras e ideas importantes rara vez tienen la intención de apelar a las masas: basta que llamen a los suyos casi en silencio, en el momento indicado, y operen la transformación. Así fue que plantada la semilla los más audaces nos aventuramos más allá del cuento requerido, aprovechando esas tardes fértiles para la exploración. "Leíste este?" "Ese también está bueno" "No entendí nada de este otro" El resto del libro era, sí, muy extraño; pero esos pocos audaces privilegiados ya habíamos pasado un umbral. Tal vez haya aquí un factor que explique más que una mera coincidencia. Leí por ahí que Bradbury señalaba a su infancia entre los 10 y los 12 años en Illinois como el periodo donde el mundo había cobrado una cualidad mágica y donde él comenzó a labrar sueños. Esto lo entiendo perfectamente, y creo que a través de sus relatos establecimos una conexión en la misma frecuencia.

Bradbury desconfiaba del rótulo de ciencia ficción, y en verdad sigue siendo inapropiado. Sus historias podían ambientarse en el entorno más trivial, pero casi siempre tenían una vuelta de tuerca fantástica. Cuando realmente escribía ciencia ficción, lo hacía de un modo totalmente distinto al de los pesos pesados de los años dorados del género con los que se lo asocia comúnmente. Era, como han dicho varios, el escritor de ciencia ficción para quienes no les gusta la ciencia ficción. No se molestaba con los detalles duros y creo que buena parte de su accesibilidad se basaba en que constantemente abstraía toda complejidad que pudiera distraer del primer plano en el que situaba a sus personajes y su historia; a diferencia por ejemplo de Clarke, quien dejaba que la maravilla se expresase en los intersticios de los átomos, en las distancias galácticas inconmensurables, o en la pasmosa grandiosidad de sistemas y situaciones frente a las cuales sus personajes sólo podían mantener una ilusión de control. Clarke desnudaba nuestra insignificancia frente al universo; Bradbury se zambullía en el espacio interpersonal. La ciencia, la tecnología, los mundos lejanos, las leyes físicas, no eran más que la utilería y los lienzos donde Bradbury pintaba aquello que quería señalar sobre la condición humana. 


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Una idea de cómo me sentía al leer la ciencia ficción de Ray.

Pero tal vez la característica y distinción más marcada es que cuando uno leía sus cuentos, el efecto perduraba. La sensación era de haber leído un tipo de poesía, alentadora, siniestra, tal vez cómica. Los efectos emocionales eran también similares. Su estilo era simple, más incluso que el de Asimov, y con tendencias líricas mucho más marcadas. Ese manejo estilístico le permitía salvar con elegancia las brechas de verosimilitud que requiere toda historia de ciencia ficción o fantasía, y así triunfaba allí a veces sobre Asimov, quien confiaba más en construir plausibilidad mediante la exposición minuciosa. Los cuentos de Bradbury siempre parecían apuntar a algo más, a una realidad de naturaleza onírica subyacente a la convencional que experimentamos a diario. Es posible que este sea el efecto más perdurable que me produjeron sus lecturas.

Varios amigos nos convertimos en fans, y con el tiempo leímos distintos libros. Aparte del célebre Fahrenheit 451 (1953) puedo recomendar dos de sus recopilaciones de cuentos: El País de Octubre (The October Country, 1955), lleno de relatos sombríos (recuerdo que me daba bastante miedo) y mi favorito al día de hoy: El Hombre Ilustrado (The Illustrated Man, 1951). 

De este último extraigo el que siempre fue MI cuento preferido (por algún motivo que no he podido discernir): Calidoscopio. Es un cuento corto, pero tiene muchas de las marcas del escritor. El final me parece muy apropiado para cerrar este recuerdo personal, y es a la vez una bella metáfora del paso de Ray por mi mundo hace unos cuantos años. Un paso corto, pero significativo, y en el momento preciso.

(Encontré el cuento en algún lugar de la web. Créditos al traductor español, de quien no tengo datos.)



miércoles, 2 de enero de 2013

Google Zeitgeist

Un nuevo año, un nuevo uso creativo para el motor de Google Maps, que a esta altura calculo debería tener estatus de patrimonio de la humanidad (junto con Youtube).

Esta vez se trata de recolectar resoluciones de año nuevo de todo el mundo. Las categorías incluyen salud (por ahora lleva la delantera en cantidad, parece), trabajo, educación, familia, amor, etc. Las resoluciones van cayendo sobre el mapa a un ritmo apto para lectura y se puede traducir al idioma que se desee.

Google Zeitgeist 2012

Se trata de un entretenimiento efímero pero también va acompañado de un video que incluye algunos de los eventos y personajes del año. Tal vez alguno se emocione, o tal vez soy sólo yo, pero es que los montajes con música de fondo generalmente me pueden.



Feliz comienzo del 2013.

martes, 11 de diciembre de 2012

El sueño de vivir afuera




Después de unos días pasados al pie de una sierra en una localidad del interior, me encuentro tratando de demorar lo más posible mi asimilación a la ciudad. En realidad, las cosas ya comenzaron a tomar el cariz habitual en el viaje de vuelta, a la altura de Luján, cuando en la autopista nos empezaron a cerrar, apurar y apretar los clásicos autos de alta gama (y no tanto) que te sugieren rendir debidos honores a su demostración de fuerza (y, uno supone por extensión, virilidad) o aceptar la alternativa concreta de la muerte para vos y tu familia, a escasísimos centímetros de distancia para una velocidad donde no hay tiempo de reacción que compense un eventual descuido o una breve vacilación. Subir a la autopista fue algo más que aprovechar una vía conveniente; fue también cruzar una barrera invisible donde dejamos definitivamente atrás algunas conquistas humanas que de ese punto en adelante iban a ser la excepción. No fue la primera vez que tratamos de no dejarnos abatir y de no preguntarnos a qué estábamos volviendo exactamente.

Ya a salvo en nuestro departamento porteño, leo con interés una nota en la edición digital de la revista Brando titulada "El sueño de vivir afuera de la ciudad". El autor, identificado sólo como "Cicco" (no soy lector de Brando sino que llegué siguiendo links) realiza una bonita pintura de las razones que lo llevaron un día a colgar todo y radicarse en Lobos. Hablo de pintura porque es una descripción casi cromática, que se remonta a los dibujos de su niñez para encontrar el germen de una insatisfacción que lo persiguió hasta bien entrada su vida de adulto y finalmente lo impulsó a renunciar a la ciudad, sus ventajas y sus muchos problemas.

La palabra renuncia es importante porque tiene que ver con varias cosas más que la renuncia a la oferta gastronómica, el teatro, las calles pavimentadas o los cajeros a mano. Si algo me queda después de leer el artículo de Cicco (que incluye testimonios de otras personas que decidieron cambiar su vida urbana y des-humanizada por ritmos más lentos) es que la renuncia es fundamentalmente interna y que surge habitualmente tras una mini-crisis. La crisis, eso sí, sacude tanto la estantería que se viene abajo todo, hasta las vendas; lo siguiente es preguntarse el sentido de varias cosas. La respuesta natural no tarda en llegar.

El que vive dentro de las grandes urbes, sometido a horarios de oficina, tiene sueños de preso con cadena perpetua. Quiere una tele más grande. Un sillón más cómodo. Una banda más ancha. La energía puesta en hacer más cómoda su estadía en la celda.

No casualmente dejé afuera del título de este post la última parte del título de la nota, que reza "El sueño de vivir afuera de la ciudad". En su artículo Cicco usa la dicotomía "afuera" y "adentro" en varios sentidos distintos: desde el que translitera los términos anglo in y out que son veredicto típico en los mandatos de la moda o demás círculos donde impera la frivolidad, a la acepción literal que enfrenta la vida de encierro con la opción verde. El sueño de vivir afuera, entonces, se refiere a algo más que vivir afuera de la ciudad. Es un sueño porque pocas veces se concreta, a pesar de que se anhela en el lenguaje de todos los días y tendemos a usarlo como parámetro para definir la vida que nos gustaría llevar, pese a que no hacemos nada por alcanzarla, o al menos arrimarnos un poquito.



Via  |  ConexionBrando.com


jueves, 22 de noviembre de 2012

Cosas veredes, Sancho: cerrajería de competición


Un surfeo tortuoso por Internet terminó hoy por agregar un conocimiento trivial más a mi de por sí ya muy amplias alforjas.

El dato es que existe una actividad conocida como "ganzuado deportivo", que consiste en derrotar cerraduras de distintos niveles de sofisticación y complejidad por medio del intelecto, la habilidad y por supuesto un buen surtido de ganzúas de variados tipos y tamaños. La imagen de cerrajeros/deportistas compitiendo contrarreloj nos divierte, pero no puede ser más absurda que nuestras muy porteñas carreras de mozos, ¿verdad?

Hay que decir que los "ganzuadores" (así es el término en español) no son cerrajeros comunes. Son en realidad aficionados que abordan el problema de  vencer cerraduras complejas quizás con la intensidad y la fruición que puede experimentar un hacker en la arena digital, pero con el compromiso táctil de un técnico en explosivos.

Wikipedia me dice que el así llamado "locksport" es una disciplina reciente de origen europeo, aunque aficionados al arte del lock picking han existido en todas las épocas. Los miembros de asociaciones de locksport realizan competencias y concursos y tienen sus comunidades online donde comparten información sobre distintos tipos de herramientas y cerraduras.

Logo de la asociación alemana de ganzuado deportivo
La comparación con los hackers parece sostenerse en otros aspectos concretos. Uno de ellos son los certámenes anuales que comparten miembros de ambas comunidades. Los ganzuadores también son conscientes de una percepción popular que se enfoca en las aplicaciones prácticas menos benignas del hobby, y por eso no faltan credos y códigos de ética, o incluso invocaciones a los innegables beneficios ad-hoc que trae inevitablemente el estudio sesudo y sistemático de los sistemas mecánicos de seguridad al mejoramiento de los diseños en general.

Lo que me trajo a esta disciplina fue una sesión de navegación. Tras tocar distintos puertos, recalé en uno perteneciente a esa maravilla/revolución/sueño húmedo del entrepreneur casero que es Kickstarter. Allí, un joven ganzuador de Boston, desalentado por la rigidez de las ganzúas comerciales, decidió pedir un capital de u$s 6.000 para diseñar y vender su propia línea de herramientas personalizadas.

Schuyler, que así se llama el ganzuador de marras - y que es uno de los mejores del país, en sus propias palabras - creó un video muy claro y didáctico para acompañar su Kickstarter. Para los niveles más altos del plan, incluyó varios adicionales que van desde cientos de diseños de cerraduras hasta la posibilidad de clases personalizadas que cubran todo lo que el ganzuador (o por qué no, cerrajero) moderno debe saber.

Terminó recaudando u$s 85.000.

Llegué a ese Kickstarter y al mundo de los ganzuadores por una investigación sobre ficción interactiva (Interactive Fiction o IF) de la que el joven Schuyler resultó ser aficionado. Pero eso queda para otro post.

Recursos de Locksport:
Ganzuando.es, la comunidad de los ganzuadores en español
toool.nl, la organización abierta de lockpickers

jueves, 8 de noviembre de 2012

El presidente Mujica y el desarrollo sustentable


José "Pepe" Mujica en su chacrita de las afueras de Montevideo. Cultiva flores.
Dicen que destina el 90% de sus ingresos a fundaciones sociales.

No tengo intención de hablar de política en este blog, principalmente porque lo que mucha gente designa como política yo lo llamo otra cosa. He escuchado a quienes dicen que la política es todo: opino lo contrario. Sí pienso que suele ser un pretexto para apropiarse de cuestiones de otras disciplinas y aplicarlas como slogan a un objetivo determinado. Es por eso que en el mundo de la política es tan raro hallar expresiones de coherencia, sentido común o lisa y llana humanidad.

Cuando leo entonces el discurso que pronunció en julio de este año el presidente de Uruguay, Pepe Mujica, (el marco fue una cumbre para el desarrollo sustentable en Rio) me cuesta considerarlo un discurso político, por más que lo esté pronunciando una innegable figura política. Y por más que él mismo insista, y yo difiera, en que lo que está diciendo es una cuestión política. Es un discurso humano y que debería apelar a la reflexión de todo el mundo, pero pienso que no hay imposición o presión externa que pueda motivar ese tipo de reflexión fuera de los trances difíciles de la vida. Las inspiraciones, que no son impuestas, pueden ser un gran factor de transformación. Ambos casos se unen a la capacidad de observación e introspección que podamos desarrollar en nuestro fuero interno. Pienso que la política tiene poco que hacer a este nivel, y a lo sumo tendrá que aparecer más adelante cuando los cimientos no sean arena pura.

¿El discurso? Creo que es único. No es la primera vez que me sorprende este hombre. Pueden ver la transcripción haciendo clic en Ver Más.


Argo / Los gritos del silencio


Ben Affleck en "Argo"
Un amigo me recomienda Argo, la película sobre la crisis de rehenes que estalló en Irán a fines de los '70. Yo sólo había visto el poster con un protagonista barbudo y no sabía ni el género. Mi amigo la elogia principalmente por su equilibrio al exponer la responsabilidad de todos las partes en el contexto de la historia, cosa muy importante, ya que se trata de una recreación de hechos reales que todavía tienen impacto en el mundo de hoy.

No puedo hablar de Argo hasta que la vea. Es cierto que arrancamos con un punto negativo que es el rol protagónico de Ben Affleck; un actor soso y no muy expresivo que francamente nunca me convence, aunque no llega a las profundidades abisales de un Brad Pitt. Pero como director al menos le tengo más confianza después de Desapareció una noche (Gone Baby Gone, 2007), y esto unido a la recomendación aumenta las chances de que me aproxime con una mente más abierta.

Le comentaba en respuesta a mi amigo que me gustan los thrillers políticos cuando están bien hechos, y con esto último me refiero a que sean lo menos Hollywoodenses posible. Mi estándar dorado en el género sigue siendo Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984). Mi amigo titubeó; el título de la película le sonaba pero no la tenía presente. No es el único. Es una película bastante olvidada pese a que en 1985 se alzó con 3 Oscars y estuvo nominada a 4 más, entre ellos mejor película y mejor director (al menos perdió honrosamente frente al "tanque" de Amadeus). Recuerdo los trailers donde se mezclaban las escenas de combate con el Nessun Dorma de Pavarotti; una yuxtaposición de violencia y lírica que sería imitada continuamente desde entonces.


Sam Waterston y Haing S. Ngor en "The Killing Fields"
Los que hayan visto su segunda gran película, La Misión (The Mission, 1986), ya conocerán el estilo naturalista del director Roland Joffé (curiosamente, no hizo gran cosa después de este combo magistral de los '80, e incluso hace poco sacó una pieza de torture porn que las críticas coincidieron en calificar como execrable). El escenario de Los gritos del silencio es la guerra civil en Camboya a mediados de los '70. Sam Waterston (hoy se lo ve por TV en Law & Order) es un periodista del New York Times que está cubriendo la guerra en Phnom Penh junto a su colega e intérprete camboyano Dith Pran (interpretado por Haing S. Ngor). La acción transcurre en la víspera de la invasión del Khmer Rouge (los Jemeres Rojos), una organización marxista-leninista bajo el mando del líder Pol Pot. Con la ciudad ya prácticamente en manos de los revolucionarios, los distintos gobiernos extranjeros ordenan la evacuación de sus nacionales; el personaje de Waterston logra sacar a su familia pero él decide quedarse y buscar refugio en la embajada francesa junto a su equipo periodístico. Cuando la situación empeora, sin embargo, se ve obligado a aprovechar la última oportunidad de escapar del país, con la culpa de saber que al amigo camboyano que deja atrás le espera un destino muy distinto.

La película tiene dos partes bien claras. La primera narra la lucha por la supervivencia de los equipos internacionales en medio de un país devastado. Tiene escenas fuertes e inolvidables, aunque no en el sentido que le daríamos hoy post-Soldado Ryan y Braveheart. Los gritos del silencio no abunda en escenas de tiros o guerra sino que la violencia es en general más sugerida, y el clima está signado por la tensión y la seguridad de una catástrofe inminente. Como escribe Roger Ebert, "los mejores momentos son los de humanidad: las conversaciones, los intercambios de señales de confianza, las esperas, los temores repentinos, los súbitos brotes de violencia, la desesperación". En esta primera mitad se destacan John Malkovich y Julian Sands como miembros del equipo periodístico y las escenas dentro de la embajada, donde los nervios aumentan a la par que se deterioran los rasgos de civilización que quedan en pie.

La segunda parte es completamente distinta, y sigue la experiencia de Dith Pran durante los cuatro años que pasó en los campos de exterminio. La crónica fascinante de la "revolución cultural" del Khmer Rouge desde adentro va dando lugar a una atmósfera progresivamente surreal, a medida que las prácticas que siguen a la declamación de un "Año Cero" van eliminando todo vestigio del pasado. La purga incluye a todo civil que hubiera ejercido una profesión u oficio vinculado ligeramente a alguna actividad intelectual o a la "burguesía": médicos, estudiantes, profesores, periodistas. Pran oculta sus anteojos, finge que no sabe leer ni escribir y logra ser aceptado como sirviente de un funcionario; desde allí es testigo de los resultados de la ingeniería social que acompaña la reforma agraria y del desfile silencioso de campesinos que son llevados con regularidad al matadero.

Tal vez una de las escenas más escalofriantes de la película sea para mí aquella en que una niña enfrenta a Pran con ojos implacables e inquisidores, buscando una mínima chispa de inteligencia que le señale que está frente a un representante del antiguo orden. Hay algo más que el asesinato de potenciales disidentes en la aniquilación de la racionalidad y en la subversión del lenguaje. Los niños eran valorados por el Khmer Rouge por no tener la mente "corrupta" con valores considerados antirrevolucionarios; vestían uniformes y eran adiestrados y organizados en pequeñas milicias de delatores que escuchaban y observaban atentos. También tenían un rol activo en las ejecuciones y torturas. El cine nos ha dado varias simbiosis muy efectivas de niños y horror, cosa que explotan muy efectivamente también los japoneses con todos sus éxitos de J-Horror; pero para mí no se comparan con la forma en que esta niña logra erizar la piel durante unos segundos interminables. Tal vez por la comodidad con que algunos pensamientos de germen no muy disociado de estos momentos tan atroces se siguen moviendo hoy en nuestra comodidad urbana y a plena luz del día.

Eventualmente Pran logra escapar cruzando la selva, y en el camino se topa con las evidencias del exterminio. Una de las escenas icónicas y más irreales lo muestran cruzando un paisaje que podría ser lunar, pero con huesos en lugar de rocas: son algunos de los restos del millón y medio de niños y adultos camboyanos que fueron ejecutados en forma directa por el régimen y enterrados en los 340 "killing fields" repartidos por la región (se estima que otros 1-1,5 millones de camboyanos cayeron muertos por la hambruna y las enfermedades. La reforma incluía el culto a la autosuficiencia, y esto dejaba afuera a los medicamentos). Estas imágenes están acompañadas por música a veces inusual. La partitura de Mike Oldfield tiene sus detractores, pero yo pienso que el tratamiento poco convencional fue un acierto, subrayando aquello para lo cual no existen palabras, y de hecho es una de mis bandas de sonido predilectas.

El auténtico Dith Pran sobrevivió a la experiencia y fue él quien acuñó el término "killing fields". Tuvo que lamentar la muerte de 50 miembros de su familia. Hace poco (2008) falleció de cáncer de páncreas; lo recuerdo porque ocurrió unos pocos meses antes del deceso de Randy Pausch por el mismo motivo. El actor camboyano que interpretó a Pran, Haing S. Ngor, era también un sobreviviente, y tuvo también una historia triste. Su esposa murió al dar a luz en los campos de concentración, pese a que él era ginecólogo: practicarle la cesárea que necesitaba habría revelado su formación profesional. Al terminar la guerra, Ngor se mudó a Los Angeles y trabajó como reportero del New York Times. Ironías de la vida, en 1996 fue asesinado durante un asalto. Tenía 56 años. Pol Pot terminó viviendo más: murió en 1998.

Museo del Genocidio Camboyano
en Phnom Penh
Ngor es la estrella indiscutible de Los gritos del silencio. Una de esas actuaciones magistrales, que casi no son actuaciones: ultra sutil, empática, expresiva. Fue el primer actor asiático en ganar un Oscar por un rol de reparto. Pienso que la película mostró una gran audacia al dedicarle la mitad de su metraje a un desconocido actor camboyano, y la apuesta rindió con creces. Hoy no sería posible. No es un film perfecto, pero es uno de los grandes thrillers/dramas históricos realizados con un estilo de realismo que ya se ve muy poco; el descarnado, sin interferencias de falsa contrición o de correciones políticas que suenan más a guiño que a algo genuino. Ya veré cómo le va a Ben Affleck, tal vez ajustando expectativas en forma acorde.


martes, 30 de octubre de 2012

De vaqueros y gauchos


El otro día estábamos con Santi 12.0 mirando Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962) por Netflix. Es un viejo western dirigido por John Ford que une a varias leyendas del cine como John Wayne, James Stewart y Lee Marvin; este último perfecto en el papel del villano acompañado por un todavía muy secundario Lee Van Cleef.

Stewart interpreta a un abogado citadino que intenta llevar un poco de ley y orden a un pueblo donde no hay ninguna. Lee Marvin es Liberty Valance, un bandido que hace y deshace a su antojo frente a un sheriff glotón y timorato que se esconde cada vez que aparece. La única resistencia la opone el ganadero Tom Doniphon (John Wayne), el hombre fuerte del pueblo, en quien todos pueden confiar y de quien todos pueden depender, y que además es un experto tirador y uno de los pocos capaces de hacer recular a Valance.

Pero Doniphon no es un héroe perfecto. Es un cínico formado en el pragmatismo. Descree del idealismo del abogado Stewart, y desprecia tanto su negativa a usar armas como su pasividad ante la agresión constante del bandido Valance. Pero lo que le resulta especialmente incomprensible es la  insistencia de Stewart en llevar al criminal ante la justicia en lugar de tomar las riendas del asunto y ubicar una bala en el lugar correcto ante la próxima provocación.

La película empieza muchos años después en el mismo pueblo, cuando del tren desciende un Stewart bastante más viejo y convertido ya en un famoso senador nacional. Los viejos amigos y los nuevos habitantes lo reciben con algarabía y el flamante periódico del pueblo quiere entrevistar al hijo pródigo, pero Stewart declina los compromisos e informa que sólo vino a presentar los respetos a un conocido que acaba de fallecer: Tom Doniphon.

"¿Quién?", preguntan algunos. En el pueblo nadie parece conocer o recordar al viejo ganadero y no se explican por qué Stewart podría tener algún interés en un desconocido muerto. De hecho, el humilde cajón está solo en la morgue acompañado de un par de personas. La historia del ascenso de Stewart y la caída de Tom Doniphon tiene un reflejo en un brillante "gag" cuando el senador se topa con la misma diligencia que lo había traído hace tanto tiempo, ya polvorienta y en desuso con la masividad moderna del tren. Uno de los temas de la película es el reemplazo de los viejos órdenes por órdenes nuevos, y quiénes ganan y pierden en el recambio (*)

Pero me adelanto. Mientras miraba esta parte inicial del relato enmarcado y antes de que comenzara el largo flashback que compone la historia principal, sentí ese picor típico del "dejá vu". Algo evidentemente me estaba resultando familiar, aunque no tan fuerte como para identificarlo con escenas, personajes o situaciones concretas. Tenía que buscar a nivel subtexto o evocativo.

Unos días más tarde el recuerdo hizo clic. Ese inicio me había traído a la memoria no otra película, sino un libro: Sebastian's Pride, de Susan Wilkinson, que narra la historia de una familia de inmigrantes ingleses en la Argentina de fines del s. XIX. Es una novela apasionante (se tradujo al castellano como "Don Sebastián"), y es una verdadera lástima que sea tan poco conocida.

Todo comienza con el hallazgo del cadáver de un gaucho en medio de la pampa. El cuerpo está en estado  avanzado estado de putrefacción y las autoridades sólo logran identificarlo gracias a las iniciales del facón y el muñón que en algún momento daba lugar a una mano.

La familia de Sebastian Hamilton llega de Inglaterra para identificar el cadáver, pero no hay muchos gestos de condolencias o lamentos. Entre los deudos se siente más bien fastidio, rencor y alivio. El muerto no era aparentemente alguien muy querido, pero sí algo más que un simple gaucho muerto en la imensidad de la llanura. Hubo un tiempo en que el nombre de Sebastian Hamilton inspiraba respeto y temor.

El resto de la narrativa se centra en la llegada del joven Sebastian a la Argentina junto a su familia y su progresiva conversión en una criatura de estos pagos. Sebastian tiene un carácter volcánico y una capacidad de odio que se complementan perfectamente con su tenacidad implacable. Inmediatamente demuestra interés por la vida del gaucho, ese beduino de la pampa húmeda que se rige por códigos primarios, eficientes y muchas veces salvajes. Sebastian admira los rasgos arquetípicos del gaucho, como la sed de libertad y la irreductibilidad; con la misma fuerza desprecia a su propia familia, a quien ve débil y encorsetada en formalidades banales. El hermano médico, un inglés sensible y sensato, no puede explicar ni explicarse la fascinación que siente Sebastian por esta tierra y su gente, o su desdén hacia cualquier ley que no sea la del caballo, la palabra y el cuchillo; mucho menos su decisión de dejar Buenos Aires para embarcarse en un largo viaje en carreta con su esposa nativa y levantar una estancia en medio de la nada.

Sebastian's Pride es una épica multi-generacional que me recuerda a las de Isabel Allende, excepto que el realismo de Wilkinson no tiene una sola pizca de magia. El protagonista es de por sí un personaje difícil, imposiblemente terco y hasta cruel, y las circunstancias que atraviesa son descritas con igual ferocidad: desde el duelo de facón donde Sebastian entrega su mano a cambio de ser reconocido como un gaucho de alma, si no de sangre, hasta las escenas de horror donde despacha carretas de cadáveres junto a su hermano en una Buenos Aires devastada por la fiebre amarilla.

Tom Doniphon y Sebastian Hamilton comparten una vida de fama y poder, aunque con características distintas. Ambos, sin embargo, empiezan sus respectivas historias ya fallecidos tras una larga vejez en soledad, y con poca gente para llorarlos. En ambas historias de vida pueden identificarse tal vez varios factores en común que precipitan la caída - orgullo, hubris, etc., ejemplos de aquella hamartia aristotélica.

Pero hay un trasfondo común e impersonal en la desaparición del vaquero y del gaucho a medida que el progreso (la llegada de la ley al pueblo en Un tiro en la noche; el crecimiento de una Buenos Aires cosmopolita y el desarrollo de la República en Sebastian's Pride) les va dejando menos margen de acción, los reprime directamente, o los convierte en figuras irrelevantes. El vaquero de John Wayne y el gaucho creado por la pluma de Wilkinson son un paralelo de sus roles más amplios. No tienen un fin espectacular ni heroico, a los tiros o cuchillazos: simplemente mueren en algún punto indeterminado, mucho después de morir en la memoria o el interés de los que los conocieron. Así también la modernidad avanza dictando nuevas normas tácitas y de a poco se disuelven y mutan todas las cosas y los hombres.

(*) Uno de los temas desarrollados con gran impacto por James Clavell en su inolvidable novela King Rat.